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Posts tagged ‘Manuel Flores Mora’

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La torta frita gigante y ¿Por qué el hombre escala montañas?

Récord en Durazno: la torta frita más grande del mundo. 

Hace unos días atrás en la ciudad de Durazno se cocinó la torta frita más grande del mundo.

Me sorprendió todo lo que tuvieron que hacer para lograrlo, hasta construir un sartén gigante capaz de freír la torta, el cual hasta fue escoltado por la policía caminera desde Montevideo. More…

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Una nota escrita para el centenario de Eduardo Acevedo Díaz.

MANUEL FLORES MORA –  SEMANARIO MARCHA – 20 de abril de 1951

“De Acevedo Díaz diré que si le hube olvidado fue por culpa de la especial vida política de su país…” Rubén Darío.

Eduardo Acevedo Díaz, de cuyo nacimiento en la Unión se cumple hoy un siglo, murió hace treinta años en Buenos Aires. Pocas horas antes de su entierro, sus hijos encontraron en la billetera que llevaba siempre consigo, una hoja de papel que contenía sus últimos deseos. More…

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¿Cómo será José Artigas en el día de mañana? – Manuel Flores Mora.

Diario Acción, 18 de junio de 1953.

“Alguna vez llegará a los pueblos la hora de averiguar qué es lo que hay detrás de la palabra “héroe”: la hora de buscar, dejando de lado a Artigas y a Lincoln, a Bolívar y a San Martín, qué es lo que tienen en común y qué es lo que hace de todos ellos otros tantos “héroes”, resplandecientes ante la posteridad… Muchas veces los monumentos no son sino una forma de olvido, como los discursos y como las conmemoraciones. Y la condición de “héroe” no es sino el manto, tejido de adjetivos convencionales y de conceptos retóricos, que las sociedades echan encima de sus grandes hombres para taparlos y sacárselos de la vista.  More…

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Los libros son el país – Para salvar (o por qué invertir en) la Biblioteca Nacional – Manuel Flores Mora.

Olvido y memoria, cuerpo y alma: en el Uruguay histórico, ese que tiene a Montevideo en el eje de sus vicisitudes y su vida, la terminación de la existencia y el naufragio consiguiente de lo psicosomático daba lugar a la bifurcación con inocencia: los esqueletos iban para el cementerio Central, en ataúdes; las almas, para la Biblioteca Nacional, adentro de folletos y de libros. More…

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La multa, el reloj y la araña. Manuel Flores Mora. El Día.

manuel flores mora29 de octubre de 1978.

La multa, el reloj y la araña.

Manuel Flores Mora.

El Día.

La vida está tejida de la misma tela que los sueños, dijo Shakespeare, y uno repite durante muchos años la admiración frente al hallazgo espléndido sin advertir lo poco que, al fin y al cabo, dice.

De la tela no dice nada. Sólo dice que es la misma. More…

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HISTORIA DE UN CIGARRO Y UN PERDÓN. – MANUEL FLORES MORA.

(…)

En la mañana del 19, hay visitas anónimas en la casa de Flores. Vienen a advertirle que hoy será muerto. Es como siempre, el siempre desoído “guárdate de los idus de marzo”. A las 2 de la tarde, un amigo al que mandó llamar, lo visita. Este amigo recibe de él un cigarro habano. La hija de Venancio recordará después que pertenece a una caja que otra persona, cuyo nombre no recuerda, le había obsequiado a Flores a fin de año.

El amigo sale de la casa de Flores con el cigarro encendido en los labios. Cinco cuadras después entra en un bar. Oye gritos. Mira correr hombres por la acera. ¿Qué ocurre? “¡Han asesinado al General Flores!” es el grito. Se ríe. “Es mentira. Lo acabo de dejar. Este cigarro lo prendí delante de él”.

Pero no es mentira. Venancio Flores, el cadáver de Venancio Flores, yace en la vereda de la calle Rincón, cosido a puñaladas por la espalda, cuando se bajaba del coche a pelear por su vida y no lo dejaron ni darse vuelta para darle – una vez más – la cara a la muerte, mil veces desafiada, desde los días lejanos de Rincón, de Sarandí, de las Misiones. En la vereda de enfrente, jugaba un niño, de apellido Obiol.

Su hijo Segundo (Secundino lo llama Maillefer…) alcanzó a verlo con vida. Pero sin habla. El cura Souberbielle que pasaba (Juan Manuel Blanes los imaginó, Juan Manuel Blanes los pintó muchos años más tarde) se inclinó sobre el cuerpo, la cara, la barba moribundos. Le preguntó si perdonaba a quienes lo acababan de asesinar. Contestó con el gesto que sí.

Lo único nuevo era la muerte. El perdón era viejo. Tiempo antes había perdonado a los que le pusieron la bomba en el Fuerte, que quedaron libres.

Tradición de clemencia. Vieja tradición artiguista. Tradición de Rivera. Tradición de Batlle y Ordóñez, que décadas después (no tantas…) recomendaba a gritos que no le tocaran un pelo al prisionero que arrojara otra bomba al paso de su carruaje. Y a quien visitó esa noche, y convenció. Y que murió después, casi centenario, en Minas, juntándole votos.

Ese “los perdono” sin palabras de la cara barbada y moribunda del caudillo, era sólo repetir, como en la proclama con que invadiera el país cinco años antes, aquella recomendación a los suyos: “No olvidéis que peleáis contra hermanos y que sólo son enemigos los que os enfrenten con las armas en la mano”.

Su propio hijo Eduardo – a quien Maillefer mezcla e identifica con el enloquecido Fortunato- escribirá sólo seis años más tarde aquello de “padre adorado, a tus asesinos, tus hijos los hemos perdonado en tu nombre”.

(…)

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Manuel Flores Mora (“Maneco”)

En una libreria de 18 de julio y ejido, encontré de manera casi casual en una estantería un libro que decía: “Manuel Flores Mora. República Oriental del Uruguay Cámara de Representantes”.

Me sorprendió encontrar algo de alguien del que no sabia casi nada, salvo la sinapsis de Maneco = Colorado.

Buena suerte la mía de haber encontrado ese libro, decidí comprarlo, al acercarme al mostrador el vendedor me dice que la obra en total consta de tres tomos y no se vende por separado, bien dije, mejor aun, me lo llevo igual, a pesar del precio de unos 700 pesos.

Hace unos días se lo recordó en la asunción de la nueva cámara de representantes, ya que el dejo de existir un mismo día pero de 1985.

Ese mismo día, supe con que actualizar esto. Un suelto del diario Acción.

5 de mayo de 1964, diario ACCIÓN – TRES MOMENTOS DE ARENA.

Hay generaciones enteras a las cuales se les va de entre las manos su pedazo de tiempo de historia, ocupadas en parecer importantes: funcionarios que si los dejaran se pondrían frac para inaugurar una alcantarilla entre discursos; hombres de esos que como campanas, gustan del bronce y se mueren por arrancar sonidos engolados desde el centro de la propia oquedad, cuyos ecos adoran.

A mi, cómo negarlo, lo que más me gusta de Arena es que fue todo lo contrario. Y hasta pienso que si todavía, a tanto tiempo, su alma sigue viva en el ámbito del Partido, querida por generaciones que no la conocieron, es por esa virtud esencial de repudio para cuanto signifique solemnidad, virtud que viene a ser como el sello de fábrica de todo lo que es auténtico, verdadero y está vivo.

En el reportaje que le hiciera Lorenzo Batlle Berres, y que ACCIÓN publicara ayer, Arena dice cómo nació su admiración por Batlle. ¡El discurso que nos hubieran endilgado otros! Arena, el inmenso Arena, nos entrega en cambio esta contestación imprevisible, desconcertante, infantil:

“Mi admiración nació cuando lo vi en traje de baño…”

¡Batlle en traje de baño! Y esta contestación no la da un niño. La da un viejo lleno de laureles, al cabo de esa misma vida que junto con la de Batlle, emplearon uno y otro en cambiar la República, en levantarla hacia adelante, en ennoblecerla hacia dimensiones revolucionarias de la libertad, de la piedad, de la justicia.

“Mi admiración nació cuando lo ví en traje de baño…” Si, como un niño que justificase su admiración por el Rey Arturo en el brillo de su armadura.

O mejor: como si el primero de la Tabla Redonda, por pudor de referirse a los dragones o a las murallas que derrumbaron juntos,  sólo dijese para justificar su amor por el Rey Arturo, que lo deslumbraba la manera que éste tenía para prender el broche de sus espuelas…

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Yo no puedo casi escribir sobre Arena porque siempre me ocurre lo mismo; siento como si él fuese a leer lo que de él uno escriba. Como si en vez de un artículo, fuese casi una carta. Y el obstáculo fundamental es que me imagino que Arena se ríe. Con bondad divertida, pero se ríe. Como si delante de aquella alma, a la cual no empañó jamás la sombra fósil de solemnidad ninguna, todos tuviéramos que comparecer en traje de baño. ¡Y sin ser Batlle!

De cualquier manera, la anécdota es un buen comienzo para la más dispar amistad que haya unido entrañablemente a dos seres sobre esta tierra: la del nieto de catalán cuya aventura, como la de la piedra, consistía en sostenerlo todo sin torcerse ni inclinarse nunca, y la del italianito Arena que sobornó regalándole zapatos a un maestro de escuela de su Tacuarembó infantil, para conseguir los certificados con los cuales vencer aquí la puerta de la Universidad y seguir estudiando.

Lo que no espero saber es si Batlle no terminó nunca de entender a Arena o si simplemente lo entendía de sobra y, adorándolo, si limitaba a atajarlo. Y no me refiero sólo a los enojos de Batlle porque Arena le comentaba las excelencias físicas de alguna señora. Me refiero, por ejemplo, a este otro episodio sin desperdicio, a este otro pasaje casi acariciador por su ternura, que Arena contó el 20 de octubre de 1931 en la Convención del Partido, y cuyo perfume no se extingue:

“Hace tiempo, no recuerdo por qué, no pudiendo ver a Batlle en su cumpleaños, incurrí en la vulgaridad de mandarle por carta cuatro ternezas. Me contestó en el acto que era indigno de mí perder en trivialidades un tiempo que podía emplear útilmente en el bien del país”!

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Estas líneas, se comprende, no intentan el retrato de Arena. Menos aún su innecesaria apología. Se conformarían solamente si al pasar hubieran conseguido acariciar, rozar, sostener un segundo en el aire como si se pudiera sostener un aroma entre los dedos, algo de lo que era el timbre de estas almas: Arena, Batlle.

Un momento pinta mejor a un hombre que todas sus campañas. Y ya he contado dos: el día del traje de baño en la playa, el día del cumpleaños y la carta. Me queda todavía otro.

Arena visita en el hospital a Batlle enfermo. Lo encuentra él mismo también, en “El Día” del 20 de octubre de 1930. Arena le habla de César y “no recuerdo cómo ni por qué, aludí a la actuación parlamentaria de su sobrino Luis, subrayándole que se estaba destacando tanto por su inteligencia como por su dedicación y energía. Me contestó muy complacido que aquello era natural y lo había esperado. Tanto él como sus hermanos, me dijo, salen al padre: “el pobre Luis era muy inteligente”

Arena tiene que irse a almorzar y por la tarde, a no sé qué espectáculo con su hermano. Antes, sin embargo, dará otra vuelta por el hospital, para ver a Batlle un momento. Batlle accede. Arena recoge sus palabras:

” A condición – me dijo – de que no me despierten si me encuentran dormido…”

Arena se marcha pero vuelve antes aún de lo que él mismo había creído. No puedo despertarlo, porque Batlle estaba dormido para siempre. Ya en la cara de Marcos y en la del moreno Mendieta, lo supo. Y los abrazó sollozando.

Una y otra vez, las palabras me siguen erizando “… no me despierten si me encuentran dormido”.

Son las palabras últimas de Batlle. Por lo menos, las últimas que le escuchó el primero entre sus capitanes.

Parecen hechas para iluminar el sueño de una estatua yacente. Son la despedida del guerrero. Son el reconocimiento de su largo y nunca delatado cansancio. Son como si dijera: “Ya lo hice todo.  Ahora quiero dormir”