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Posts tagged ‘Garibaldi’

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Giuseppe Garibaldi

garibaldi1 Copio un fragmento de un libro que me resulto interesante, se titula “Crónicas en la cuenca del Plata de Giuseppe Garibaldi” de Enrique Pique  de  editorial Arca.  El libro esta dividido en dos partes, la primera consta de un estudio del autor sobre Garibaldi y la segunda de una selección de las propias memorias del héroe italiano.

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(…)

Navegando con viento de S., arribamos después de algunos días al puerto de Maldonado, donde la buena acogida de las autoridades y de la población nos fue de buen augurio

Maldonado, en la entrada septentrional del Río de la Plata, es importante por su buena posición y por su puerto de regulares condiciones. Allí encontramos una nave francesa destinada a la pesca de la ballena y pasamos de corsarios, algunos días divertidos.

Rossetti partió para Montevideo con el fin de regular nuestra situación. Yo quedé en Maldonado con la sumaca ocho días, después de los cuales nuestro horizonte comenzó a nublarse y pudo terminar trágicamente el asunto, sin la amabilidad del jefe político de Maldonado y sin mi buena estrella.

Me advirtieron (al revés de mis noticias), que no sólo la bandera riograndense no era reconocida, sino que se había dictado orden de arresto contra mí y contra mi barco. Me vi precisado a largar velas con un temporal Nordeste, dirigiéndome por dentro del Río de la Plata, casi sin destino, porque apenas había tenido tiempo de buscar un práctico que me llevara hacia las puntas de Jesús María en las barrancas de San Gregorio, en la parte septentrional de Montevideo, para esperar allí las deliberaciones de Rossetti con nuestros amigos de la capital.

Arribamos a Jesús María después de peligrosa navegación, habiendo corrido el riesgo de naufragar en la punta de Piedras negras, por una de esas circunstancias imprevistas de que depende a veces la existencia de muchos individuos.

En Maldonado, con la amenaza del arresto y desconfiando de la benevolencia del jefe político, obligado a permanecer en tierra para ultimar algunos negocios, mandé a bordo la orden de tener preparadas las armas. Esta orden se ejecutó inmediatamente y, las armas sacadas del sitio donde se hallaban, fueron colocadas en un camarote inmediato a la bitácora.

Nos hicimos a la vela precipitadamente, sin que a nadie le ocurriera que las armas pudiesen influir sobre la brújula. Por fortuna no estaba yo falto de sueño y, como arreciaba el viento, permanecí a sotavento del timonel; esto es a la derecha del barco, observando atentamente la costa comprendida entre Maldonado y Montevideo muy peligrosa por sus escollos.

(…)

La pobre Luisa recibía los golpes del mar que rompían sobre su cubierta con el mismo furor que entre los escollos. Un espectáculo para mí nuevo, fue la vista de muchos lobos marinos que, sin cuidarse de la temperatura rodeaban al barco por todas partes y jugaban como otros tantos niños en un campo florido. El negro de sus cabezas entre las rocas del mismo color que nos circundaban, tenía un cierto aspecto amenazador y sus juegos eran bien poco tranquilizadores. Comúnmente la reflexión del peligro domina todo otro pensamiento y fue un verdadero caso extraordinario poder salir de aquel laberinto sin tocarle. La más minima sacudida contra aquella espantosa punta, hubiera roto en mil pedazos el atormentado barco.

(…)

En aquel punto no supimos nada nuevo y era natural. Rossetti, amenazado por el gobierno de Montevideo, tuvo que esconderse para no ser arrestado y poder ocuparse de nosotros. Los víveres faltaban; no teníamos lancha para desembarcar; era preciso satisfacer el hambre de doce indiviudos. Habiendo descubierto a la distancia de cuatro millas de la costa una casa, me decidí a desembarcar sobre unas tablas y traer a cualquier precio víveres a bordo. El viento que soplaba era el pampero y siendo travesía a la costa, hacía la arribada dificilísima aún teniendo bote.

Dimos fondo con las dos anclas, lo mas próximo a la costa que fue posible, a una distancia que en otro tiempo hubiera sido imprudente pero indispensable en aquellas circunstancias, para poder volver a bordo sobre un tablero con un tonel en cada extremidad.

Acompañado de un marinero, Mauricio Garibaldi, embarqué sobre unas tablas sujetas a dos barriles y, con nuestros vestidos colgados como trofeo a un palo levantado sobre aquella nave de nuevo modelo, no navegando, sino girando por entre los escollos de la inhospitalaria costa, logré mi objeto.

El Rio de la Plata circunda al Estado de Montevideo, llamado Banda Oriental, por la izquierda; y como este bellísimo país está constituido por colinas más o menos altas, el río no ha socavado la costa y forman ésta en una gran extensión, rocas casi uniformes muy altas en ciertos lugares. Este importantísimo río riega por la derecha al Estado de Buenos Aires y en él deposita sus aluviones, que han formado con el transcurso de los siglos la inmensa llanura de las Pampas.

Arribamos felizmente a la costa, metimos en tierra nuestra destrozada nave, y yo, dejando a Mauricio que la compusiera, me dirigí solo hacia la casa.

El espectáculo que se ofreció a mi vista por primera vez, cuando llegué sobre la cumbre de las barracas, es en verdad digno de mención.

Los inmensos y ondulados campos orientales presentan una naturaleza totalmente nueva para los europeos y mucho más para un italiano, acostumbrado a la vista de un país en que no se divisa una extensión de tierra sin casas o jardines, levantados por doquiera por la mano del hombre.

Aquí no hay nada de esto; el criollo conserva la superficie del suelo como se la dejaron los indígenas, destruidos por los españoles. Los campos están cubiertos de hierba y no varían más que las márgenes de los arroyos o de las cañadas vestidas de altas maciegas. Los ríos y los arroyos ostentan con frecuencia sus márgenes adornadas por bosques bellísimos y espesos, formados por árboles de gran altura.

(…)

Despúes de haber recorrido cerca de cuatro millas entre la conmovedora escena descrita, llegué a la casa que había visto desde el barco y en ella tuve un buen encuentro: el de una bella y graciosa joven que me acogió del modo más hospitalario; no era una hermosura rafaelesca pero era bella, instruida y además poetisa; no soñaba yo con aquella amabilidad a tanta distancia de la capital. Era, según me dijo la mujer del capataz de una estancia situada a muchas millas de distancia y de la cual, la casa que ella habitaba era un simple puesto. Me hizo los honores con una amabilidad de la que conservaré grata memoria toda mi vida; me ofreció el clásico mate (infusión que suple en la América meridional al café y al té) y un buen asado como sólo se come en aquellos sitios en que la carne es el único alimento.

(…)

Era tarde e imposible ya de conducir el animal al barco antes del día siguiente. El marido tardó un rato en llegar y yo, poco conocedor en aquella época de la lengua española hablé poco y entretuve el tiempo en meditar sobre las vicisitudes de la vida. Estas circunstancias son aquellas que no se olvidan. Encontrar en aquel desierto a una mujer joven, bella, de regular educación y además poetisa, casada con un hombre semi-salvaje, parece, mejor que un hecho real, una creación de la fantasía.

(…)

(…) Se trataba entonces de llevar el buey en pedazos de la costa al barco, distante cerca de 1000 pasos venciendo las olas de un mar enfurecido, lo que era poco consolador para los que debíamos llevar a cabo la empresa. Comenzamos Mauricio y yo el penoso trabajo. Los dos barriles vacíos estaban ya sujetos a la extremidad del gastronómico barquillo; con mucho cuidado atamos los cuartos del buey al palo improvisado y con no menos cuidado lanzamos la embarcación al mar; empuñamos cada cual una vara que nos sirviera de remo. El equipaje, aligerado de ropa lo más posible se hallaba al sobrenadar del barco con el agua a la cintura. Y ¡boga la barca! contentos del nuevo modo de navegar y fieros ante el peligro a la vista del americano que aplaudía y de nuestros compañeros que deseaban la salvación de la carne del buey más que la nuestra, nos aventuramos sobre las olas. Por el momento no andábamos mal, mas, al llegar a las últimas y más fuertes rompientes, nos vimos varias veces envueltos por aquéllas y empujados hacia la costa que era lo peor. Ya habíamos vencido a las más serias dificultades y nos encontrábamos, al parecer, fuera de peligro cuando en una profundidad de cuatro brazas la corriente del río que era muy fuerte, comenzó a transportarnos lejos de la Luisa.

No hubo otro remedio que largar velas a la sumaca y venir en busca nuestra. Fuimos salvados y con nosotros la carne toda, a la que nuestros hambrientos compañeros hicieron los honores cumplidamente.

(…)