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Posts tagged ‘Filosofía’

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SOBRE LA LIBERTAD – JOHN STUART MILL.

 

El objeto de este ensayo no es el llamado libre arbitrio, sino la libertad social o civil, es decir, la naturaleza y los límites del poder que puede ejercer legítimamente la sociedad sobre el individuo, cuestión que rara vez ha sido planteada y casi nunca ha sido discutida en términos generales. More…

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La Hipótesis ¿Para que sirve? – Filosofía e Historia –

 

“Una hipótesis es una suposición o premisa. En aquellos puntos o en aquellos momentos en que carecemos de la plena certeza del saber, es necesario establecer puras suposiciones, necesario en el doblesentido de que ellas son objetivamente indispensables y subjetivamente inevitables.

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Cita

Todo bien y todo mal residen en la sensación” Epicuro

Historia de la filosofía 
Cita

Aristoteles entendía como causa “todo aquello necesario para que se produzca un fenómeno” y es que la materia, por su misma naturaleza, tiende a asumir una forma como si se tratara de una predisposición a actualizarse, como si persiguiera un fin.

Historia de la Filosofía. 
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La casualidad

Subo este fragmento de texto, algo modificado de un libro llamado “EL Kybalión” en este encontré un capitulo que habla sobre el título del post “La casualidad” y me dejo pensando.

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La palabra casualidad se deriva de una palabra que significa “caer” (como la caída de los dados), siendo la idea que la caída del dado (y muchos otros acontecimientos) son meramente un “acontecimiento” no relacionado a causa alguna. Y este es el sentido en el que el término se emplea generalmente. Pero cuando la cuestión se examina de cerca se ve que no hay ninguna casualidad en la caída del dado. Cada vez que cae un dado, y muestra un cierto número, obedece a una ley tan infalible como la que gobierna la revolución de los planetas alrededor del sol. Detrás de la caída del dado hay causas, o cadenas de causas, que corren hacia atrás más lejos de lo que la mente puede seguirlas.

Hay una relación existente entre todo lo que ha pasado antes y todo lo que sigue. Una piedra se desprende de la ladera de una montaña y aplasta el techo de una cabaña en el valle. A primera vista consideramos esto como un efecto del azar, pero cuando examinamos la cuestión encontramos una gran cadena de causas detrás de ello. En primer lugar estaba la lluvia que ablandó la tierra que soportaba la piedra y que le permitió caer, entonces detrás de ello estaba la influencia del sol, las lluvias, etc., que desintegraron gradualmente el pedazo de roca de un pedazo más grande; estaban además las causas que condujeron a la formación de la montaña, y su trastorno por convulsiones de la naturaleza, y así sucesivamente ad infinitum.

Igual que un hombre tiene dos padres, y cuatro abuelos, y ocho bisabuelos, y dieciséis tatarabuelos, y así sucesivamente hasta que cuando se calculan digamos cuarenta generaciones el número de ancestros corren a muchos millones, igual es con el número de causas detrás incluso del más trivial evento o fenómeno.

Si un cierto hombre no hubiera encontrado a una cierta doncella, en el oscuro período de la Edad de Piedra, ustedes los que están leyendo ahora estas líneas no estarían ahora aquí. Y si, quizás, la misma pareja hubiera dejado de encontrarse, nosotros los que ahora escribimos estas líneas no estaríamos ahora aquí. Y el acto mismo de escribir, por nuestra parte, y el acto de leer, por la de ustedes, afectará no solo las vidas respectivas de ustedes y nosotros, sino que tendrán también un efecto directo, o indirecto, sobre muchas otras personas que viven ahora y que vivirán en los tiempos futuros. Todo pensamiento que pensamos, todo acto que ejecutamos tiene sus resultados directos o indirectos que se ajustan en la gran cadena de causa y efecto.


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Reflexión

“Zeus, compadeciéndose de Héctor pesó su destino en la balanza…”

Si algo tienen de interesante estos griegos es que logran plasmar todas las acciones de la vida en forma muy grafica.

Hasta donde llega nuestra posibilidad de hacer lo que deseamos, cuantas veces hemos actuado como Zeus y cuantas fuimos un espectador de las mediciones de los demás.

Y si nos centramos en el instrumento, tiene dos platos solamente!!! Ponemos algunas cosas de un lado y otras en el opuesto, mágicamente como si Zeus juzgara se inclina por uno u otro lado.

Este instrumento marca las diferencias, esta en el que ve elegir cual es la mejor, hay una que queda en el fondo y otra que espera arriba, ambas tienen sus ventajas y sus contras.

En nuestra propia balanza, constantemente estamos “pesando” cosas, pero como en todo, siempre esta el misterio, será que los destinos de nuestra vida se resuelven de esa manera, se podrá decir que vivir, es elegir y ser elegido?

Y elegir es tener certeza de las cosas, o por lo menos forzarnos a tener una. Quizá por eso nos es tan difícil, decidirnos, quien es tan seguro de si mismo como para saber a donde va? Quien tiene la fuerza para elegir siempre lo que uno considera correcto? Quien no tiene miedo a ser injusto es su elección?

Zeus, nos entrego este raro poder, el de decidir nuestra propia vida, y conjuntamente, en ese acto de elegir nuestra vida, como si fuéramos Dios, delineamos la vida de otros,

Seremos capaces de estar a la altura del cargo que ocupamos, o nos angustiara tanto ser así, que terminamos rogando que algún ser mas elevado que nosotros decida.

Que nos respondería?

Nos pesaría nuestro destino, desvelando todas nuestras decisiones, sabiendo todo lo que vamos hacer de acá al final… quien soportaría tremenda verdad?

Yo creo, que el diría, confía en el misterio, y elige lo que sientas, elige esa extraña sensación que inclina inexplicablemente la balanza, hazlo convencido de que tu decisión es la mas justa posible, y por lo tanto buena.

Y de que como hombre eres, es posible que no salga como lo planeaste, pero al igual que Dios, en esa decisión, buscaste lo mejor.

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Vaz Ferreira – Conocimiento y acción.

Bueno, en esta oportunidad les dejo algunos fragmentos de la obra de  CARLOS VAZ FERREIRA. La obra se llama Conocimiento y Acción, como toda producción de Vaz son transcripciones de sus charlas como catedratico.

En este tramo que  de la paginas 100 a la 108  y comenta un libro de William James “La experiencia religiosa”.

(…)

En cuanto a la obra, “La experiencia religiosa”, es uno de los libros más notables que se han escrito en los últimos años. Puede decirse que comprende dos partes: la primera es una psicología religiosa, quizá la más valiosa y rica que existe;  la segunda sería una apología de las religiones, notable por su amplitud de criterio, pero, a mi juicio, como procuraré después probarlo, viciada por confusiones, algunas de ellas muy graves, y creo, también por errores considerables.

Deseo, antes de hacer algunas lecturas, darles una muestra de la amplitud del criterio de James. Ellas les mostrarán de qué clase de pensador se trata; y les mostrarán mucho más, a saber: cómo el progreso del pensamiento humano tiende a hacernos diferentes y mejores, en el sentido de que cada vez se disuelven más los dogmatismos y cada vez los escritores se hacen más capaces de considerar las cuestiones desde puntos de vista diversos y de considerar con amplitud opiniones distintas de las propias.

En su obra, empieza James por condenar una tendencia que él llama “materialismo médico”, a saber: la tendencia a ir a buscar un origen patológico de ciertas creencias o manifestaciones espirituales, y a creer que el descubrimiento de ese origen patológicos les quita todo valor. Se trata, dice él, de una actitud que los médicos, sobre todo, al examinar desde su punto de vista ciertas cuestiones filosóficas o religiosas, han introducido en el pensamiento moderno. Explicar el altruismo de tal personaje, las satisfacciones de tal otro, la fe religiosa de éste, por el histerismo, por alucinaciones, por un estado patológico de un orden cualquiera….

Un médico, por ejemplo, descubre que Santa Teresa presentaba manifestaciones histéricas, e inmediatamente considera probado que cuanto Santa Teresa escribió o hizo no tiene valor alguno, por tratarse de simples manifestaciones patológicas. Otro descubrirá que Cristo era un alucinado, que padecía de manía ambulatoria o de neurastenia; e inmediatamente creerá que el valor del cristianismo ha desaparecido. Esta según nuestro escritor, es una tendencia absolutamente falsa. Los orígenes de un sentimiento o de una acción, sus causas, no dicen nada sobre su valor. El árbol no se juzga por sus raíces, sino por sus frutos, nos dice James, tomando del Evengelio una metáfora que es realmente pragmatista, y de la cual hace gran uso de su obra.

Después de haber procurado eliminar ese “materialismo médico”, James nos da variadas y riquísimas descripciones del estado de espíritu religioso. Y la interpretación que pone, viene a ser, en resumen, la siguiente: el yo subliminal, de los psicólogos, lo subconsciente, constituye, por decirlo así, nuestro órgano religioso. Las realidades supra-sensibles, lo divino, influyen sobre nosotros por medio de esa psicologia sub-conciente. Hay hombres que están como cerrados a la influencia religiosa, porque su yo subconsciente no está en comunicación con el yo consciente. En otros hombres, la comunicación existe, y la influencia de lo divino se hace sentir sobre el espíritu. En alguno en quien la comunicación no existía, puede establecerse, tal vez, de golpe;  siente, entonces, la influencia religiosa; y sería el caso de las conversiones bruscas.

Consecuentemente con esta aplicación, da un gran valor a las experiencias místicas (los estados de conciencia místicos), y dice que los que somos refractarios a esos estados y a la influencia de lo divino, debemos aceptar la descripción de esa clase de sentimientos en la misma situación de espíritu en que un ciego estudia la teoría de los colores.

Hay también en la obra un notabilísimo estudio sobre el optimismo y el pesimismo, que les recomiendo de una manera especial. En él, después de un examen profundo y sentido de la cuestión, llega a la conclusión de que el pesimismo tiende a englobar mayores elementos de realidad que el optimismo.

Pero lo que nos interesa sobre todo, en el libro, desde nuestro punto de vista especial, es el criterio que adopta para hacer la apología de las religiones: simplemente, la aplicación de la frase evangélica: “Juzgar el árbol por sus frutos”.

Pasa en revista las consecuencias de la religión; lo que la religión ha hecho por el hombre. En este examen, él cree probar que los efectos buenos son mayores que los efectos malos, y que si bien las religiones han tendido en tal o cual caso a fomentar la intolerancia o la estrechez de espíritu, en cambio, la cantidad de placer, de paz, de consuelo, de entusiasmo, de iluminación espiritual que han producido, las justifica ampliamente. Tiende, en su apreciación, a relegar al segundo plano – a veces más, a veces menos completamente – las consideraciones de orden puramente lógico. Admite, es cierto, el elemento racional; pero de una manera secundaria. Lo que esencialmente justifica las religiones, es la bondad de sus frutos, y éste es, justamente, un punto de vista pragmatista; pero pragmatista en el sentido práctico: no se trata aquí, ya, simplemente de una teoría de la verdad; se trata de una aplicación práctica de esa teoría, que lleva al autor a admitir creencias, partiendo, no, fundamentalmente, de su verdad o falsedad, sino de la bondad de sus consecuencias.

Comparada con la ciencia, la Religión, dice James, no le sería opuesta; sería, simplemente, otra cosa: da satisfacción a otra clase de aspiraciones y a otra clase de necesidades.  Si nosotros tuviéramos dos llaves, de las cuales una abriera ciertas puertas  y no otras, y la segunda abriera éstas y no aquéllas, no sería una razón para arrojar una de las dos, sino, al contrario, para guardarlas ambas. Tal es el caso de la Religión y la Ciencia. Hay necesidades espirituales que la Ciencia satisface, y no la Religión; hay otras necesidades que son satisfechas por la Religión y no por la Ciencia: guardemos ambas. Tal es la posición especial de James, en cuanto a esta cuestión tan interesante y honda de las relaciones de la Religión con la Ciencia.

James, por otra parte, explican que la suya  no es un alma religiosa; pero que, si bien él es personalmente inaccesible  a la influencia directa de lo divino, que los místicos afirman experimentar, adopta, sin embargo, con respecto a la religión, lo que él llama una “sobre-creencia”. La sobre-creencia de James, sería lo que él llama el “supra-naturalismo grosero”: supra-naturalismo, esto es; que, además de lo natural, existe algo no-natural (no-natural, en el sentido que nosotros damos al término “Naturaleza”), algo sobrenatural, que influye sobre el mundo. Recuerdo una comparación de que se vale: el caso de la reflexión total. Supongamos, dice, peces que nadan en el agua; la luz cae sobre ésta, y no penetra; los peces no pueden ver, pero pueden entrever; no pueden salir de su elemento: se acercarán, pero no pasarán de la superficie que separa el medio en que viven de otro medio es el que les suministra el elemento de su vida, es el que les da el oxígeno que respiran…, etc. Nosotros nos encontraríamos en una situación parecida con respecto al mundo de lo divino.

Pero, dice James, hay dos clases de supra-naturalismo; los que admiten la existencia de seres superiores, uno o varios, pueden adoptar dos posiciones distintas. Para unos, esos seres superiores no influyen sobre el mundo; para otros, intervienen en él. El primero sería el supra-naturalismo refinado; el segundo, el supra-naturalismo grosero: el que James adopta. Lo cual es una nueva aplicación del punto de vista pragmatista: ¿Que interés tendría para un pragmatista, la adopción de una creencia en seres superiores que no intervinieran eficazmente en la marcha del Universo? El supra-naturalismo que el mismo James llama “grasero”, esto es, la creencia en la intervención de lo divino, de seres sobrenaturales, en la marcha efectiva y práctica del Universo, es la creencia que puede satisfacer a un pragmatista.

Al hacer la crítica de este libro, yo lo trataré únicamente desde el punto de vista que nos interesa aquí, esto es, como aplicación del pragmatismo; pero no puedo dejar de recomendarles la lectura de obra tan notable. Hay sobre la religión tres libros que nadie debería no haber leído. La primera, tán superior, tán noble!: “La irreligión del porvenir”, de Guyau. La segunda, sería esta obra de James, indicada, justamente, porque tiende a defender el punto de vista opuesto (si bien en la práctica los dos autores suelen estar mucho más cerca de lo que cree uno de ellos). Y, finalmente, esta otra obra, ya antigua, pero tan valiosa por suministrarnos ejemplo de una actitud de espíritu abierta, amplia, en que las consideraciones intelectuales y las morales tienen igual cabida: me refiero  al libro póstumo de Stuart Mill: “Ensayos sobre las religiones”. Precisamente allí encontró James las sugestiones que le llevaron a adoptar ciertas doctrinas; y precisamente al espíritu de Stuart Mill dedica James su obra sobre el pragmatismo, expresando que de Mill ha aprendido la amplitud de espíritu, y que se complace en representárselo, si aún viviera, como el jefe de la nueva doctrina. Ya procuraré probar en mi crítica que, muy probablemente, en este punto, James se ha engañado.

Para los discípulos del pragmatismo, la nueva teoría está llamada a modificar profundamente el pensamiento moderno. Ella representaría, dice James, algo así como el advenimiento y el triunfo de los espíritus concretos, en la filosofía; ella vendría a desvanecer la tendencia intelectualista, la tendencia abstracta, sutil y refinada.

Algunos representantes de la extrema izquierda del sistema, van más lejos: preconizan las facilidades que – indudablemente – da, para pensar, una doctrina en que los elementos racionales pasan a segundo término.

Finalmente, según James, el pragmatismo podrá reconciliar a dos clases de espíritus que hasta ahora han sido filosóficamente irreconciliables: los espíritus tiernos y los espíritus fuertes o duros: (“the tender minded and the tough minded”). Por un lado, han existido en la filosofía (y la división responde a modalidades de espíritu de los hombres en general, sean o no filósofos) los tough mided; que tienden a determinarse principalmente por la observación de los hechos y a subordinarlo todo a los hechos. La razón es para ellos soberana; y su tendencia es destructiva de ilusiones y de esperanzas. Son, por ejemplo, ateos, materialistas, deterministas, pesimistas escépticos, empiristas, etc.

Por otro lado, encontramos otra clase de espíritus, tender minded, para los cuales la vida afectiva, la esperanza, el consuelo, son los factores que obran sobre la creencia y sobre la conducta; y éstos son religiosos idealistas, optimistas, libre arbitristas, etc. Pero unos y otros son incompletos. Los primeros, nos dan la experiencia y la ciencia, pero nos cierran toda esperanza; los segundos, nos dan lo que los primeros nos quitan, pero son incapaces de satisfacer las necesidades intelectuales o racionales. El pragmatismo, dice James, estaría destinado a dar satisfacción a aquellos que sintieran las dos necesidades.

En las lecciones siguientes voy a intentar, con las imperfecciones inevitables, la critica de esta filosofía.

(…)