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	<title>El blog de Fede Lagrotta &#187; Domingo Arena</title>
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		<title>Domingo Arena – Cuadros Criollos – Un baile en la frontera. Parte I</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Jan 2012 18:38:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fede</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><a href="http://www.fedelagrotta.com.uy/wp-content/uploads/2012/01/gaucho1.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-399" title="gaucho" src="http://www.fedelagrotta.com.uy/wp-content/uploads/2012/01/gaucho1-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" /></a>Terminaba un día de enero ferozmente cálido, durante el cual la paja algo nueva que cubría la casa en que vivo, se había retorcido al exhalar el último suspiro bajo aquel ardiente sol que le devoró su más escondido resto de savia, el último aliento de su acabada vida. Las sombras se iban levantando poco a poco de los bajos para llenar el horizonte todo. Una mancha rojiza, inmensa e irregularmente recortada aparecía en el oeste, asomando por encima de las negras y azuladas cuchillas como las llamaradas de un incendio lejano; y el vientecillo que venía de aquella dirección parecía empapado de su calor, pues calentaba las carnes como el vaho de un horno en función.</p>
<p><span id="more-398"></span></p>
<p style="text-align: justify;">Me preparaba a pasar las horas que siguen al crepúsculo, sintiendo que la tristeza que seinfiltra siempre en el ser en tales momentos, iba a ser más profunda, más abrumadora, como si en esa noche la voz de la soledad de los campos, sonara con más fuerza que nunca dentro de mí, cuando noté un movimiento inusitado en los peones del establecimiento. Pregunté y supe que se aprontaban para ir a un baile a casa de la vieja Pancha.</p>
<p style="text-align: justify;">Vamos, aquello era salvador. Nada mejor que aquel baile para sacarme del aburrimiento en que me sumía; y así sin titubear, mandé ensillar mi caballo, resuelto a dedicarle la noche a un espectáculo que tenía ya bastante olvidado. La noche era oscura y el cielo, aunque sin nueves, estaba gris cubierto por una tenue neblina, al través del cual se veían las estrellas oscurecidas sí, pero hermoseadas como se ven hermoseados los ojos de las mujeres, al través de esos tenues velos que a veces les cubren el rostro. Trotamos por un camino muy pedregoso unas tres leguas, hasta que descubrimos en un pequeño valle, cerca de un arroyito, una luz que salía por la puerta de un rancho y por muchos agujeros desparramados en la pared.</p>
<p style="text-align: justify;">Era el rancho de la vieja Pancha en donde iba a darse el baile.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando llegamos, vi retozar por los alrededores de él, cuatro o cinco muchachos, chiquitos, que parecían otros tantos aperiás jugueteando alrededor de la cueva. Nos apeamos, y al grito de adelante, entramos, después de encorvar bastante el espinazo para pasar por la baja puerta, en una pieza bastante ancha, de terrones sin revocar y cubierta de paja ennegrecida por el tiempo.</p>
<p style="text-align: justify;">No tenía mas aberturas – no contando los agujeros, se entiende – que la puerta que daba al patio y otra que comunicaba con un cuartito que se veía negrear como si encerrara tinieblas condensadas. Un humeante candil mal parado sobre una mesita cubierta con un hule desgarrado, alumbraba la sala y a su luz vacilante la negrura de las irregulares paredes impresionaba pavorosamente el ánimo. Al lado de la mesa se veía un barrilito de agua con un jarro encima; en un rincón colgaba del techo una bota vieja; junto a un gancho de madera un sombrero de paja lleno de cintas coloradas, colgaba de la pared en el frente opuesto; y en otro rincón sobre una tablita que hacía de rinconera, estaban revueltas muchas baratijas, entre las que descollaban dos velas de sebo envueltas en papel de estraza. Los asientos los formaban un banco, dos sillas desvencijadas y dos cajones. Adentro el calor sofocaba. Salí, tendime en el recado cerca de la puerta del rancho y desde allí resolví asistir a la extraña fiesta.</p>
<p style="text-align: justify;">Sentado en el rincón más próximo a la puerta estaba el músico; pero no era el músico criollo templando su armoniosa guitarra, pues la degeneración del gaucho en nuestra frontera al ponerse en contacto con otras razas, y por consiguiente con otras costumbres, lo ha hecho olvidar casi por completo su querido instrumento, que parecía creado expresamente para él, y era el único que sabia reflejar las vibraciones de sus sonoras cuerdas, la dulce melancolía de su carácter viril. El que estaba allí, tocaba sólo el acordeón, que es lo más detestablemente prosaico y barullento que se conoce, y en aquel momento se esforzaba por arreglar uno que parecía hallarse en muy mal estado.</p>
<p style="text-align: justify;">En esto aumentaron la luz pegando una vela encendida contra la pared y salieron como de una cueva seis u ocho mujeres, entre chinas y morenas, y como ya los bailarines, que se habían anticipado bastante, esperaban con impaciencia, las “barajaron” antes que tuvieran tiempo de sentarse y empezaron a pasearlas por la sala.</p>
<p style="text-align: justify;">Entonces el pequeño acordeón, que respiraba por las muchas heridas de su viejo fuelle, moduló una polka con sonidos débiles y destemplados, sólo comparables a los lloriqueos de un niño soñoliento y enfermizo a quien las molestias de su mal no dejaran dormir.</p>
<p style="text-align: justify;">Ayudaba sus débiles notas el músico entonando una canción con voz no menos llorona que la del mismo acordeón, y acompañaba el compás con fuertes y continuos zapateos.</p>
<p style="text-align: justify;">Al compás de esta desacompasada batahola, las parejas bailaron sin descanso, jadeando un rato. Las mujeres vestidas con trajecitos de colores chillones y calzando, algunas alpargatas viejas, y los hombres, más variados, unos con botas, otros con pañuelos de distintos colores, atados al cuello de muchas maneras.</p>
<p style="text-align: justify;">Y por mucho tiempo siguieron la interminable pieza, callados, con los rostros sudorosos, apretándose sin lástima, respirando aquel aire caldeado por sus ardientes alientos, enturbiado más y más por el polvo que se levantaba, y en el cual al poco rato, la vela y el candil, brillaban en medio de una aureola como los faroles de la calle en una noche de cerrazón.</p>
<p style="text-align: justify;">Acabada la polka corrió de mano en mano una copa sin pie llena de caña, destinada a dar aliento a los bailarines y en seguida, como si no quisieran perder un minuto, empezaron un schotis entre alegres insinuaciones.</p>
<p style="text-align: justify;">Y aquí vuelta el acordeón a sus chillidos, el músico a su monótono canto y las parejas a sus vueltas continuas. Ahora bailaban también los chicos de ocho a diez años, y con la apertura, en medio de la semioscuridad, parecían perdidos entre las pernas de los grandes.</p>
<p style="text-align: justify;">Había un detalle más: se colocaban en rueda para ir cambiándose las parejas entre sí, y éstas, a cada dos vueltas de la pieza, y al grito de “nos juntamos” se abrían; hombres y mujeres daban una voltereta silenciosos y mamarrrachientos como extraños títeres, para en seguida ir a caer las unas entre los brazos tibios y sudorosos de los otros.</p>
<p style="text-align: justify;">Y así siguió el schotis también largo, interminable, y acompañado por el monótono canto, que no cedía un momento; y siguió repitiéndose a intervalos regulares, al soltarse las parejas, el mismo grito de “nos juntamos”, tan vigoroso como antes, pero más opaco, enronquecido como si el fino polvo que nadaba en el aire, quisiera poco a poco tapiar la laringe que lo producía.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando se acabó el schotis todos sentaron sus parejas y salieron a respirar afuera, largando de paso algunas pullas al músico por las dimensiones de sus piezas. Sólo uno se quedó paseando a su compañera en la sala, mientras se enjuagaba el sudoroso rostro con un pañuelo colorado de algodón.</p>
<p style="text-align: justify;">No contando el tipo de galanteador cargoso, que nunca falta en tales bailes, representado aquella noche por un indiecito joven que hablaba hasta por los codos, mientras se pellizcaba el labio superior en las ansias de acariciarse un bigote que tardaba en aparecer; aquella pareja que arrullaba era la única que había llamado la atención desde el principio. El, un mocetón grande y macizo como una estatua de bronce, caminaba despacio, haciendo resonar el piso con el golpear de sus grandes pies calzados con botas gruesas. De su brazo robustísimo parecía colgar la compañera, menuda, flexible, con cara ovalada de ojos grandes y muy abiertos, que centellaban no tanto por el fulgor de sus pupilas, sino por la blancura mate de sus córneas, que resaltaban como dos hermosos tonos de albayalde, perdidos en la bruñida negrura de sus lindas facciones. El esmalte de sus dientes muy blancos también, asomaba a los labios finos y oscuros de su boca pequeña, que bien delineada se extendía al abrigo de su nariz de alas abiertas, y además, con su seno bien levantado, y sus motas finas, lisas y onduladas, recogiéndose con cuidado sobre la nuca en el supremo esfuerzo de formar un moño, era a pesar de su color, la mejor estampa de la reunión, y la única que a haber trono, tuviera el derecho de ocuparlo como reina de la fiesta.</p>
<p style="text-align: justify;">Al mirarlos, sentía cierto contento, viendo todo lo que se reflejaba en la enamorada pareja. Lucas, que así se llamaba él, no la soltaba un momento, y como si quisiera tenerla más segura mientras bailaba, al par que la estrechaba amorosamente con su brazo, inclinaba hacia ella su corpacho, y seguía así los compases del acordeón, con la barba casi hundida en las motas de Goya, y cuando durante el schotis tenía que soltarla, para los dichosos cambios de par que él maldecia, lo veía bailar nervioso, con la lustrosa cara contraída, revolviendo sus chispeantes ojos para seguirla por todas partes, hasta que daba la vuelta, la volvía a tomar con ansia entre sus brazos y la estrechaba contra si con fuerza como si quisiera quebrarle el espinazo.</p>
<p style="text-align: justify;">Se hablaban mucho, pero no era posible oir lo que se decían con aquel ruido. Sólo en un momento en que el acordeón calló, y en el que yo estaba cerca de la puerta, pude entender que decía Lucas muy amostazado:</p>
<p style="text-align: justify;">                -y sé por qué la vieja te mezquina tanto; si… ya sé que te tiene reservada pa el gallego ese – y mirando para afuera, agregó: &#8211; si afilate no más, pa comerte las uñas, que lo que es a Goya ni aunque te mames y…</p>
<p style="text-align: justify;">El resto se perdió en el ruido.</p>
<p style="text-align: justify;">Recién entonces me fijé en la vieja Pancha y en otra vieja, su vecina, acurrucadas a un lado y otro de la puerta, desde donde miraban tomando mate y conversando. Cerca de ellas, sentado en un banquito y con la mejilla apoyada en su mano estaba un hombre mirando con cara de aburrimiento. Era el que Lucas apuntaba llamándole ese “gallego”.</p>
<p style="text-align: justify;">En ese instante miró el cielo como si le preguntara la hora que sería, y en seguida dijo con un poco de impaciencia:</p>
<p style="text-align: justify;">                &#8211; Tía Pancha, ¿no le parece un poco tarde y que es hora de que cese?</p>
<p style="text-align: justify;">                &#8211; No sea así, Ramos! – contesto la vieja. Entonces porque Ud. No baila? Deje, hombre, que los muchachos brinquen!&#8230; y dando vuelta la cara miró para la sala otra vez, y chupó la bombilla de su gran mate, que con un fuerte “gru-gru” anunció que ya estaba vacío.</p>
<p style="text-align: justify;">Volví a acostarme sobre el recado. Ya era tarde y la luna, como una gran tajada de una media esfera enrojecida, escalaba con brío el cielo, coquetamente arrebujada en un girón de niebla y apagando a su paso a las estrellas. Ya sus rayos bastante debilitados por el estado de la atmósfera, bañaban el rancho y penetrando por la puerta y las muchas rendijas de las paredes, disputaban al candil y a la vela el derecho de alumbrar la sala. Poco a poco mis ojos se cerraron, cansados de mirar aquel cuadro monótono, desfilando invariable por delante de ellos y los lloriqueos del acordeón después de haberme aturdido, parecieron transformarse en un blando “arroró” que me adormeció.</p>
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		<title>El Colegiado en Uruguay &#8211; Opinión de Batlle, Arena y Frugoni.</title>
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		<pubDate>Fri, 02 Sep 2011 05:06:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fede</dc:creator>
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		<description><![CDATA[&#8220;Nunca en mis ojos de republicano convencido y ansioso de libertad se ofreció el espectáculo de un pueblo dueño de si mismo, elaborador de su propio bien, custodio de sus riquezas morales y materiales. Los más grandes y abnegados esfuerzos, &#8230; <a href="http://www.fedelagrotta.com.uy/el-colegiado-en-uruguay-opinion-de-batlle-arena-y-frugoni/">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><span class="Apple-style-span" style="color: #444444; font-family: Georgia, 'Bitstream Charter', serif; font-size: 16px; line-height: 24px;"><a style="color: #ff4b33;" href="http://www.fedelagrotta.com.uy/wp-content/uploads/2011/09/batlle.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-365" style="border-style: initial; border-color: initial;" title="batlle" src="http://www.fedelagrotta.com.uy/wp-content/uploads/2011/09/batlle-217x300.jpg" alt="" width="217" height="300" /></a></span></p>
<p style="text-align: justify;">
&#8220;Nunca en mis ojos de republicano convencido y ansioso de libertad se ofreció el espectáculo de un pueblo dueño de si mismo, elaborador de su propio bien, custodio de sus riquezas morales y materiales.</p>
<p style="text-align: justify;">Los más grandes y abnegados esfuerzos, obligados a ajustarse en su finalidad al régimen de nuestra Constitución jamás llegaron más que a un mismo e invariable resultado: el entronizamiento de una voluntad individual, buena o mala, cuyos dictados todas las otras voluntades se vieron constreñidas a someterse&#8221;</p>
<p style="text-align: justify;">No es ese el problema de examen razonado, de discusión ilustrada, de esfuerzo común y armónico, de realizaciones levantadas y triunfales, que ha de cumplir una república. Si un hombre debe ser dueño de su destino ¡cuánto más dueño del suyo propio debe ser un pueblo entero! Las más terribles desgracias de la Humanidad se debieron siempre al despotismo individual. Nuestros más crueles infortunios tuvieron también el mismo origen. La felicidad pública sólo florece y se perpetúa donde cada ciudadano es un ser consciente y libre, elemento efectivo de la soberanía y factor, por lo tanto, del destino de su nación&#8221;</p>
<p style="text-align: right;"><strong>JOSE BATLLE Y ORDOÑEZ</strong></p>
<p style="text-align: justify;">&#8220;Me siento acendradamente colegialista. Debo ser el primero después de Batlle. Conozco nuestro incompleto Colegiado, tanto por fuera como por dentro y lo considero una excelente máquina de gobierno, de garantías, de libre discusión, de publicidad, de forzosa alta probidad y me parece difícil que con otro sistema se le pueda aventajar. Realiza a la perfección, entre otras grandes cosas, la democratización del gobierno; es impersonal, casi abstracto que tutela sin presión, que se siente sin que casi se le vea!</p>
<p style="text-align: justify;">Dentro de su simple y a la vez complicado mecanismo, la materialidad del gobernante se esfuma por completo. Todopoderoso, si se quiere para hacer el bien, es impotente, aunque lo quiera para hacer el mal. Fuera de su función, políticamente no existe: es el simple ciudadano a veces desconocido. Se parece al presidente suizo que Batlle, con enternecimiento democrático, miraba vivir en un modesto alto piso y codearse con sus gobernados como uno de los tantos. Y un tipo de gobierno, que es un orgullo no debe renunciarse, sino que se debe pugnar por afirmarlo y perfeccionarlo!&#8221;</p>
<p style="text-align: right;"><strong>DOMINGO ARENA</strong></p>
<p style="text-align: justify;">&#8220;He sido y soy colegialista. Pienso que, si es deseable que los partidos se rijan por asambleas, con mayor razón el Estado debe aventar el unicato.</p>
<p style="text-align: justify;">Si las fuerzas políticas que hoy buscan una fórmula común de reforma constitucional, se pusieran de acuerdo en un plan de transformación económica y social, podrían hacer una verdadera revolución por medio de la ley, sin encontrar valla en la Constitución vigente&#8221;</p>
<p style="text-align: right;"><strong>EMILIO FRUGONI</strong></p>
<p style="text-align: right;">
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		<title>El Batllismo y el matrimonio.</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Aug 2010 20:11:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fede</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Discurso de Domingo Arena en el parlamento sobre la cuestión, tan actual por otra parte: Pero se nos preguntará: qué papel, pues, según Uds. desempeña la ley dentro del matrimonio? ¿Para qué sirve? Contestaré con toda franqueza: sólo sirve para &#8230; <a href="http://www.fedelagrotta.com.uy/el-batllismo-y-el-matrimonio/">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.fedelagrotta.com.uy/wp-content/uploads/2010/08/casamiento.gif"><img class="alignleft size-medium wp-image-290" title="casamiento" src="http://www.fedelagrotta.com.uy/wp-content/uploads/2010/08/casamiento-200x300.gif" alt="" width="200" height="300" /></a></p>
<p style="text-align: justify;"><strong>Discurso de Domingo Arena en el parlamento sobre la cuestión, tan actual por otra parte:</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Pero se nos preguntará: qué papel, pues, según Uds. desempeña la ley dentro del matrimonio? ¿Para qué sirve? Contestaré con toda franqueza: sólo sirve para llevar el registro de los matrimonios; para llevar la teneduría de los matrimonios; para regir los bienes y las relaciones de la familia. No sirve absolutamente para nada más. En realidad, desde hace mucho tiempo, no hace otra cosa, no puede hacer otra cosa. El vinculo legal del matrimonio sólo sirve para decir: desde tal fecha tal hombre y tal mujer se han unido en matrimonio, lo que ganan desde entonces es en común; se deben alimentos; los hijos que produzcan son legítimos, tienen derecho a vivir de la masa conyugal, y en caso de muerte, son los herederos de los causantes. Esto, y nada más que esto, puede hacer la ley dentro del matrimonio, y desafío a que se me pruebe que en el hecho y en el derecho puede hacer otra cosa.</p>
<p style="text-align: justify;">Y este concepto, que es el único verdadero, que es el único científico, que es el único posible, será, estoy seguro el concepto generalizado del porvenir. Si no lo es ya, es solamente porque todavía pesa sobre todos los espíritus, aun sobre los más avanzados, aun sobre los más liberales, la pesada cruz del cristianismo, perturbando la serenidad de su juicio, &#8211; de ese cristianismo que si ha hecho bienes a la humanidad, los ha cobrado con usura, proyectando sobre ella, por los siglos de los siglos, la sombra de mil prejuicios desconcertantes, y entre ellos, ese sacramento del matrimonio que ha sido y es todavía la tortura de la personalidad humana -</p>
<p style="text-align: justify;"><em>(Consta decir que Domingo Arena se caso por iglesia, con una muy buena fundamentación del porque)</em></p>
<p style="text-align: justify;">Lo voy a probar con cuatro palabras. Para las buenas uniones matrimoniales, la ley es una intrusa. Nada tiene que hacer con ellas. No tiene por qué aparecer ante ellas. Nadie la llama. No hace falta. En los matrimonios en que hay malos cónyuges, hombres suficientemente bellacos, o mujeres suficientemente libertinas, nada puede hacer la ley, es absolutamente impotente. El cónyuge que quiere abandonar el matrimonio, se va, burlando la ley. Para lo único que sirve la ley, pues, es para mantener, repito, en el yugo del matrimonio al infeliz que carece de energía o no tiene valor moral para lanzarse a la vida! ¿Y vamos a sostener incólume la ley para eso, para mantener nada más que una enorme inequidad, una irritante injusticia?</p>
<p>(&#8230;)</p>
<p style="text-align: justify;">Se sostiene que el divorcio amplio es un grave peligro social. Lo niego de una manera absoluta. El divorcio, por amplio que sea, no tendrá que habérselas sino con los hogares deshechos. Ningún hogar bien constituido, tiene nada que temer del divorcio. La armonía conyugal, pues, y la armonía social en consecuencia, nunca serán perturbadas por el divorcio. El divorcio lo que hará será proclamar aquella armonía. El día que lo tengamos amplísimo en el país, el Uruguay podrá hacer lo que no hace todavía ningún país del mundo; presentar en un magnifico block sus matrimonios libres, sostenidos sin ninguna coacción, nada más que por la fuerza de sus afectos y de sus sentimientos!</p>
<p>(&#8230;)</p>
<p><em>(Hoy algo que nos es tan natural, por aquellas épocas de principio de siglo, mereció el mas duro de los debates en el país, entres quienes estaban a favor del divorcio y quienes creían que con ello no existirían mas familias, igualmente el sueño de Domingo de sus “matrimonios libres” sigue aun siendo demasiado para esta época.) </em></p>
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		<title>Domingo Arena &#8211; Cuadros Criollos</title>
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		<pubDate>Fri, 26 Feb 2010 23:52:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fede</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Domingo Arena]]></category>

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		<description><![CDATA[A falta de tiempo, pocas palabras. Paso a robarle a Don Domingo, una parte de su obra, en su momento explicare de donde sale todo esto. CUADROS CRIOLLOS A pesar de que era primavera aquel amanecer tibio prometía un día &#8230; <a href="http://www.fedelagrotta.com.uy/domingo-arena-cuadros-criollos/">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><a href="http://www.fedelagrotta.com.uy/wp-content/uploads/2010/02/gaucho_boleadoras.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-248" title="gaucho_boleadoras" src="http://www.fedelagrotta.com.uy/wp-content/uploads/2010/02/gaucho_boleadoras-300x270.jpg" alt="" width="300" height="270" /></a>A falta de tiempo, pocas palabras.</p>
<p style="text-align: justify;">Paso a robarle a Don Domingo, una parte de su obra, en su momento explicare de donde sale todo esto.</p>
<p style="text-align: justify;">CUADROS CRIOLLOS</p>
<p style="text-align: justify;">A pesar de que era primavera aquel amanecer tibio prometía un día sofocante. Los teruteros revoloteaban tristes, y los ganados, extrañando aquel calor prematuro, olfateaban el aire con desconfianza, como si presintieran peligros cercanos.</p>
<p style="text-align: justify;">Al presentarse el sol en el horizonte estaba desconocido: más que el astro de todos los días, por su forma irregular y su color, parecía una enorme bala de cañón enrojecida hasta deformarse. La atmósfera estaba muy cargada y el cielo despejado; sólo a lo lejos algunas nubes cenicientas asomaban agrandándose y cambiando caprichosamente de forma al empuje de una leve brisa, que parecía el hálito ardiente y fatigoso del enfermizo gigante del norte: Brasil.</p>
<p style="text-align: justify;">Juan que volvía del rancho de su madre, montaba un soberbio redomón tordillo: de esos animales mitad potro, mitad caballo, que a la salvaje agilidad de uno, reúnen la mansedumbre naciente del otro.</p>
<p style="text-align: justify;">Sentado en el recado con la firme soltura con que nuestros gauchos saben hacerlo, mostraba unos brazos robustos y un pecho saliente mal cubiertos por la entreabierta camisa y por el pañuelo de golilla que le caía a un lado. De la cabeza implantada sobre un cuello poderosos, brotaba una espesa mata de largos y enredados cabellos castaños. A su fisonomía trigueña daban mucha expresión unos ojos azul &#8211; claros, una nariz perfecta y unos labios que siempre sonreían tristemente a la sombra de un delicado bozo; y las piernas dentro de las anchas bombachas hubiera parecido inmóviles y pegadas a los lados del tordillo, a no ser el tintineo de las espuelas sujetas a sus gruesas botas cuya punta descansaba apenas en el robusto estribo.</p>
<p style="text-align: justify;">Galopaba sin mirar, con el sombrero muy atrás, sujeto por el barbijo, sin distraerse por la belleza para él tan familiar de aquella verde y ondulante llanura, atravesada por zanjas y limitada por sierras que se  perdían a lo lejos, confundiéndose con el azul del cielo y en la que pastaban vacas, retozaban potrillos, y acá los espesos chircales; tampoco lo inquietaban las espantadas de su arisco tordillo provocadas por la algazarra de su perro rabón, que con la lengua afuera, corría de un lado para otro levantando perdices; y sólo de rato en rato, después de profundo suspiro, miraba hacia adelante para orientarse y castigaba, mostrando de ese modo su impaciencia por llegar.</p>
<p style="text-align: justify;">(&#8230;)</p>
<p style="text-align: justify;">Era de material y sus paredes muy blancas aparecían desde lejos como grandes manchas al través de la espesa arboleada que la rodeaba. Tenia a los lados dos grandes galpones de cuyos tirantes colgaban cinchas, maneadores y otras prendas del mismo género, y un poco más lejos un corral de piedra; lo cual, junto con una docena de perros que se peleaban por roer las garras de un cuero recién estaqueado, una bandada de gansos que se bañaban en la lagunita situada a pocos pasos de la casa, y varios caballos atados al palenque, le daba a aquella el aspecto de lo que realmente era: una estancia.</p>
<p style="text-align: justify;">Don Yuca, que era el dueño, se recostaba perezosamente en el marco de la puerta. Tenía unos cuarenta años, flaco, envuelto en un poncho de verano, con un pucho detrás de la oreja y escarbándose los dientes con la punta del cuchillo, presentaba un conjunto antipático que lo señalaba al momento con el tipo judío de la campaña, sin otra aspiración que ver sus campos llenos de ganados, y sin conocer otro dolor moral que el producido en ellos por el estrago de las epidemias.</p>
<p style="text-align: justify;">(&#8230;)</p>
<p style="text-align: justify;">Al llegar Juan, pasó sin que don Yuca lo mirara; se apeó en el galpón e iba a desensillar, cuando de repente se quedó pálido, sin moverse y respirando apenas, con la mirada fija de la ventana de la casa que tenía al frente.</p>
<p style="text-align: justify;">Por ella asombra un busto soberbio de mujer, terminando por una cabeza más soberbia todavía, de la que se desprendía una larga brazada de cabellos negros. En su faz algo tostada por el sol pero correctísima, lucían unos ojos grandes, muy grandes, tras de unos párpados apenas entreabiertos, a través de los cuales sus pupilas protegidas, por hermosas pestañas, miraban con curiosidad como pilluelos por la rendija de una puerta.</p>
<p style="text-align: justify;">Sonriéndose y mostrando así unos dientes blanquísimos, dijo:</p>
<p style="text-align: justify;">- ¡Cómo has demorado Juan! ¿Tu madre estaba enferma?</p>
<p style="text-align: justify;">- No, pero&#8230; me extrañó usted, Gervasia, le respondió balbuceando.</p>
<p style="text-align: justify;">Gervasia se puso roja, lo miró con los ojos muy abiertos mostrando así algo tan hermoso como un mundo y se alejó sin contestar. Ya hacía rato que había desaparecido y sin embargo Juan seguía mirando; deslumbrado, veía aún aquella encantadora imagen proyectada en el hueco de la ventana.</p>
<p style="text-align: justify;">Y es que Juan la amaba con un amor tan grande como los horizontes que conocía; con un amor tan puro, como el aire que había respirado toda su vida. Hacía tres años que trabajaba en la estancia, hacía tres años que la había visto por primera vez, e igual tiempo, hacía que su pensamiento no producía una idea que no estuviera empapada en su recuerdo.</p>
<p style="text-align: justify;">(&#8230;)</p>
<p>Desde las primeras horas de la tarde, con un sol ardiente y montados en caballos abombados y cubiertos de sudor, empezaron a llegar los gauchos de los alrededores, en su mayor parte agregados de la estancia. Al anochecer, unos quince reunidos debajo del galpón, conversaban sobre las marcaciones que tendrían lugar al otro día y con sus trajes pobres y variados y sus distintas posturas formaban un grupo interesante y extraño.</p>
<p>(&#8230;)</p>
<p>Después de la cena, mientras alumbraba la luz de la luna que entraba por una gran puerta, y corría el mate amargo de mano en mano precediendo a veces al frasco de caña, el más viejo de los asistentes llamado el Tio Chico, y que pasaba de los sesenta años, contó algunos episodios de guerra presenciados por él, o trasmitidos por sus padres y abuelos; de esos cuentos tan comunes en esas reuniones y abuelos; de esos cuentos tan comunes en esas reuniones, que por sí solos han formado la enseñanza histórica de nuestra campaña, y que con su verdad sencilla han bastado y bastarán para enardecer el alma del gaucho, de suyo tan esforzada.</p>
<p>(&#8230;)</p>
<p>Ya tarde, y después de un triste cantando al compás de la guitarra con más sentimiento del que suelen gastar los buenos tenores, cada uno tendió en el galpón el recado que había de servirle de cama, y se acostaron; menos Juan que se quedó como siempre, gran parte de la noche mirando la ventana de Gervasia.</p>
<p>(&#8230;)</p>
<p>Al otro día, como era de esperarse por el tiempo que había hecho, caía el agua a chaparrones. Al través del tupido velo de la lluvia, se veía a los animales, moverse despavoridos con el estallido de los truenos, dando el anca a la tormenta, los terrenos cobijándose debajo de las vacas, y las ovejas escondiendo la cabeza unas debajo el pecho de las otras, aglomeradas en masas compactas, presentando su blanquísimo vellón. Sólo los gansos, medio ahogados pero no satisfechos, se revolvían contentos en la crecida laguna.</p>
<p>(&#8230;)</p>
<p>Al otro día muy temprano empezó el trabajo que se continuó hasta el oscurecer en medio de gritos, silbidos de lazos y carcajadas. De rato en rato un animal caía volcado por un hábil pial; y estirado en el suelo sin poder moverse soportaba entre convulsiones la marca enrojecida en una gran hoguera, que al quemarle el anca producía leves copos de humo con el característico olor a cuero quemado. Después de verse suelto, se paraba y corría corcobiando con la boca llena de espuma y bramando lastimosamente, mientras don Yuca sentado al lado de la puerta de la manguera, en una tira de cuero crudo llamada &#8220;tarja&#8221;, hacía un diente más para indicar que otro ternero había sido marcado.</p>
<p>En todo ese tiempo, Juan, incansable, manejaba con destreza y soltura el lazo, y no pocos piales en el aire le valieron aclamaciones de entusiasmo; elogios que él casi no atendía, para acariciar otro mucho mayor: las sonrisas de satisfacción que desde la casa le enviaba Gervasia.</p>
<p>De noche se dió fin con la acostumbrada comilona que tuvo lugar en el comedor, entre todos los peones y la familia de don Yuca.</p>
<p>(&#8230;)</p>
<p>De repente rechinó una puerta que estaba a la derecha de la casa, sombreada por una espesa enredadera en forma de parral que apenas atravesaba la luz de la luna, y en su oscuro hueco apareció Gervasia, respirando con fuerza, y mirando tristemente las estrellas.</p>
<p>Ante aquello Juan no pudo contenerse; se paró casi de un salto y corrió hasta Gervasia sorprendida.</p>
<p>- Por favor, escucheme usted&#8230; le dijo tomándole una mano.</p>
<p>Y no dijo nada más, porque no supo qué decir; porque la pobre terminología aprendida en su vida de peón era importante para expresar el cúmulo de ideas que hervían dentro de su cabeza.</p>
<p>Pero no fué preciso que hablara para entender Gervasia la última página de aquel poema que se venía elaborando hacía tanto tiempo. Le bastaba con lo que le decían los temblores de sus robustas manos apretando las suyas, al través de los cuales se le veía el alma entera y su gran pasión que la llenaba toda.</p>
<p>(&#8230;)</p>
<p>Cuando un rayo de luna atravesando por un hueco que dejaban las hojas de la enredadera, alumbró el grupo, la hermosa cabeza de Gervasia descansaba en el hombro de Juan mientras que con voz desfallecida le decía ¿nos querremos siempre así, no es verdad?</p>
<p>En aquel momento don Yuca apareció delante de ellos con los ojos saltados, mirando estúpidamente aquella escena sin comprenderla.</p>
<p>No se podía esperar otra cosa. El pobre Juan fué echado enseguida sin que bastaran las lágrimas de Gervasia y las súplicas de todos para ablandar a don Yuca, porque aquél hombre podría perdonar ofensas más o menos graves, pero nunca perdonaría que le deshicieran, en el momento en que iba a clavarle el diente, un pastel que había amasado hacía tanto tiempo, durante los mejores años de su vida, y eso precisamente había hecho Juan, desbaratándole el casamiento que tenía proyectado con su sobrino, y quitándole así la tutela de sus poblados rodeos de excelente ganado, causa de aquella tan antigua combinación.</p>
<p>Juan al ser arrojado del lugar donde tan hondamente se habían arraigado sus afecciones, sintióse conmover todo como árbol que se arranca violentamente de la tierra en la que deja sus raíces y con ellas la vida. No comprendía la existencia sin el calor de las miradas de Gervasia, y al tener que apartarse de su lado para siempre, agrandaba más su desesperación el recuerdo de la felicidad completa que había gozado un momento; que creyó duraría siempre y que no comprendía con qué derecho se la arrebataban, de la misma manera que un niño no comprende como puede arrebatársele el precioso juguete que tuvo entre sus manos.</p>
<p>Y así anduvo mucho rato, meditando con sombría insistencia en estas cosas tristes, mientras resonaban los cascos de su caballo en el pedregoso suelo, hasta que con la inteligencia cansada y casi extraviada por tantos negros pensamientos, cayó en una idea extraña y fija, propia de ciertos estados absurdos del espíritu ocurriéndosele pensar porqué su caballo no pisaba la sombra que se le escurría velozmente de entre las patas.</p>
<p>(&#8230;)</p>
<p>Después de atravesar la portera casi volteada por el temporal, y pasar la mina abandonada, llegó a la costa del arroyo, donde el suelo se iba haciendo más y más húmedo, hasta volverse un bañado crecido por el desborde de la zanja que lo atravesaba.</p>
<p>(&#8230;)</p>
<p>Aquello tenía un aspecto imponente. Pero Juan no vaciló, y sin tomar ninguna de las precauciones que aquel peligroso paso exigía, espoleó su caballo que había empezado a tomar agua.</p>
<p>(&#8230;)</p>
<p>De repente, el caballo haciendo un violento esfuerzo salió del remolino, pero Juan aturdido, demasiado pesado, con sus botas y ropas llenas de agua y sorprendido por la inesperada sacudida, no pudo seguirlo y quedó allí, hundiéndose en seguida.</p>
<p>(&#8230;)</p>
<p>Al año siguiente y con una tarde magnífica de primavera, empezaron a juntarse en la estancia de don Yuca, los gauchos que debían tomar parte en las hierras del otro día. De noche como el año anterior, rodearon el asador en la extensa cocina, y otra vez como entonces, acabada la cena, y comenzado el mate, el Tío Chico tomó la palabra con el tono que le era habitual.</p>
<p>Pero no habló como otras veces de combates en los chircales, ni de sorpresas de campamentos, sino que contó los amores desgraciados del gauchito Juan con la patronita Gervasia. Contó cómo al ser echado de la casa se dirigió al rancho de su madre que estaba del otro lado del arroyo, en el que lo encontraron ahogado a los pocos días, enredado en las ramas de una guayabo. Además Habló de la muerte de la viejita madre de Juan a causa del desgraciado suceso, y de la resolución de Gervasia que no había vuelto a salir de su cuarto llorando en silencio el trágico fin de sus amores; y sus palabras impresionaron profundamente a aquellos sensibles paisanos.</p>
<p>Sin embargo, como otras veces, se cantaron &#8220;tristes&#8221; y se jugó al truco, pero no pocos al acostarse en los recados, dedicaron a su manera, una plegaria al alma del difunto.</p>
<p>(&#8230;)</p>
<p>Mientras tanto don Yuca, impasible, sentado al lado de la manguera, y con su eterno pucho detrás de la oreja, no pensaba más que en seguir señalando en su tarja los animales que se marcaban.</p>
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		<title>Manuel Flores Mora (&#8220;Maneco&#8221;)</title>
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		<pubDate>Fri, 19 Feb 2010 16:42:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fede</dc:creator>
				<category><![CDATA[Featured]]></category>
		<category><![CDATA[General]]></category>
		<category><![CDATA[Batlle y Ordoñez]]></category>
		<category><![CDATA[Domingo Arena]]></category>
		<category><![CDATA[Manuel Flores Mora]]></category>
		<category><![CDATA[Partido Colorado]]></category>

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		<description><![CDATA[En una libreria de 18 de julio y ejido, encontré de manera casi casual en una estantería un libro que decía: &#8220;Manuel Flores Mora. República Oriental del Uruguay Cámara de Representantes&#8221;. Me sorprendió encontrar algo de alguien del que no sabia casi nada, salvo la sinapsis de Maneco = Colorado. Buena &#8230; <a href="http://www.fedelagrotta.com.uy/manuel-flores-mora-maneco/">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><a href="http://www.fedelagrotta.com.uy/wp-content/uploads/2010/02/manuel-flores-mora.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-244" title="manuel flores mora" src="http://www.fedelagrotta.com.uy/wp-content/uploads/2010/02/manuel-flores-mora-274x300.jpg" alt="" width="274" height="300" /></a>En una libreria de 18 de julio y ejido, encontré de manera casi casual en una estantería un libro que decía: &#8220;Manuel Flores Mora. República Oriental del Uruguay Cámara de Representantes&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">Me sorprendió encontrar algo de alguien del que no sabia casi nada, salvo la sinapsis de Maneco = Colorado.</p>
<p style="text-align: justify;">Buena suerte la mía de haber encontrado ese libro, decidí comprarlo, al acercarme al mostrador el vendedor me dice que la obra en total consta de tres tomos y no se vende por separado, bien dije, mejor aun, me lo llevo igual, a pesar del precio de unos 700 pesos.</p>
<p style="text-align: justify;">Hace unos días se lo recordó en la asunción de la nueva cámara de representantes, ya que el dejo de existir un mismo día pero de 1985.</p>
<p style="text-align: justify;">Ese mismo día, supe con que actualizar esto. Un suelto del diario Acción.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>5 de mayo de 1964, diario ACCIÓN - TRES MOMENTOS DE ARENA.</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Hay generaciones enteras a las cuales se les va de entre las manos su pedazo de tiempo de historia, ocupadas en parecer importantes: funcionarios que si los dejaran se pondrían frac para inaugurar una alcantarilla entre discursos; hombres de esos que como campanas, gustan del bronce y se mueren por arrancar sonidos engolados desde el centro de la propia oquedad, cuyos ecos adoran.</p>
<p style="text-align: justify;">A mi, cómo negarlo, lo que más me gusta de Arena es que fue todo lo contrario. Y hasta pienso que si todavía, a tanto tiempo, su alma sigue viva en el ámbito del Partido, querida por generaciones que no la conocieron, es por esa virtud esencial de repudio para cuanto signifique solemnidad, virtud que viene a ser como el sello de fábrica de todo lo que es auténtico, verdadero y está vivo.</p>
<p style="text-align: justify;">En el reportaje que le hiciera Lorenzo Batlle Berres, y que ACCIÓN publicara ayer, Arena dice cómo nació su admiración por Batlle. ¡El discurso que nos hubieran endilgado otros! Arena, el inmenso Arena, nos entrega en cambio esta contestación imprevisible, desconcertante, infantil:</p>
<p style="text-align: justify;">&#8220;Mi admiración nació cuando lo vi en traje de baño&#8230;&#8221;</p>
<p style="text-align: justify;">¡Batlle en traje de baño! Y esta contestación no la da un niño. La da un viejo lleno de laureles, al cabo de esa misma vida que junto con la de Batlle, emplearon uno y otro en cambiar la República, en levantarla hacia adelante, en ennoblecerla hacia dimensiones revolucionarias de la libertad, de la piedad, de la justicia.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8220;Mi admiración nació cuando lo ví en traje de baño&#8230;&#8221; Si, como un niño que justificase su admiración por el Rey Arturo en el brillo de su armadura.</p>
<p style="text-align: justify;">O mejor: como si el primero de la Tabla Redonda, por pudor de referirse a los dragones o a las murallas que derrumbaron juntos,  sólo dijese para justificar su amor por el Rey Arturo, que lo deslumbraba la manera que éste tenía para prender el broche de sus espuelas&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">X X X</p>
<p style="text-align: justify;">Yo no puedo casi escribir sobre Arena porque siempre me ocurre lo mismo; siento como si él fuese a leer lo que de él uno escriba. Como si en vez de un artículo, fuese casi una carta. Y el obstáculo fundamental es que me imagino que Arena se ríe. Con bondad divertida, pero se ríe. Como si delante de aquella alma, a la cual no empañó jamás la sombra fósil de solemnidad ninguna, todos tuviéramos que comparecer en traje de baño. ¡Y sin ser Batlle!</p>
<p style="text-align: justify;">De cualquier manera, la anécdota es un buen comienzo para la más dispar amistad que haya unido entrañablemente a dos seres sobre esta tierra: la del nieto de catalán cuya aventura, como la de la piedra, consistía en sostenerlo todo sin torcerse ni inclinarse nunca, y la del italianito Arena que sobornó regalándole zapatos a un maestro de escuela de su Tacuarembó infantil, para conseguir los certificados con los cuales vencer aquí la puerta de la Universidad y seguir estudiando.</p>
<p style="text-align: justify;">Lo que no espero saber es si Batlle no terminó nunca de entender a Arena o si simplemente lo entendía de sobra y, adorándolo, si limitaba a atajarlo. Y no me refiero sólo a los enojos de Batlle porque Arena le comentaba las excelencias físicas de alguna señora. Me refiero, por ejemplo, a este otro episodio sin desperdicio, a este otro pasaje casi acariciador por su ternura, que Arena contó el 20 de octubre de 1931 en la Convención del Partido, y cuyo perfume no se extingue:</p>
<p style="text-align: justify;">&#8220;Hace tiempo, no recuerdo por qué, no pudiendo ver a Batlle en su cumpleaños, incurrí en la vulgaridad de mandarle por carta cuatro ternezas. Me contestó en el acto que era indigno de mí perder en trivialidades un tiempo que podía emplear útilmente en el bien del país&#8221;!</p>
<p style="text-align: justify;">X X X</p>
<p style="text-align: justify;">Estas líneas, se comprende, no intentan el retrato de Arena. Menos aún su innecesaria apología. Se conformarían solamente si al pasar hubieran conseguido acariciar, rozar, sostener un segundo en el aire como si se pudiera sostener un aroma entre los dedos, algo de lo que era el timbre de estas almas: Arena, Batlle.</p>
<p style="text-align: justify;">Un momento pinta mejor a un hombre que todas sus campañas. Y ya he contado dos: el día del traje de baño en la playa, el día del cumpleaños y la carta. Me queda todavía otro.</p>
<p style="text-align: justify;">Arena visita en el hospital a Batlle enfermo. Lo encuentra él mismo también, en &#8220;El Día&#8221; del 20 de octubre de 1930. Arena le habla de César y &#8220;no recuerdo cómo ni por qué, aludí a la actuación parlamentaria de su sobrino Luis, subrayándole que se estaba destacando tanto por su inteligencia como por su dedicación y energía. Me contestó muy complacido que aquello era natural y lo había esperado. Tanto él como sus hermanos, me dijo, salen al padre: &#8220;el pobre Luis era muy inteligente&#8221;</p>
<p style="text-align: justify;">Arena tiene que irse a almorzar y por la tarde, a no sé qué espectáculo con su hermano. Antes, sin embargo, dará otra vuelta por el hospital, para ver a Batlle un momento. Batlle accede. Arena recoge sus palabras:</p>
<p style="text-align: justify;">&#8221; A condición &#8211; me dijo &#8211; de que no me despierten si me encuentran dormido&#8230;&#8221;</p>
<p style="text-align: justify;">Arena se marcha pero vuelve antes aún de lo que él mismo había creído. No puedo despertarlo, porque Batlle estaba dormido para siempre. Ya en la cara de Marcos y en la del moreno Mendieta, lo supo. Y los abrazó sollozando.</p>
<p style="text-align: justify;">Una y otra vez, las palabras me siguen erizando &#8220;&#8230; no me despierten si me encuentran dormido&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">Son las palabras últimas de Batlle. Por lo menos, las últimas que le escuchó el primero entre sus capitanes.</p>
<p style="text-align: justify;">Parecen hechas para iluminar el sueño de una estatua yacente. Son la despedida del guerrero. Son el reconocimiento de su largo y nunca delatado cansancio. Son como si dijera: &#8220;Ya lo hice todo.  Ahora quiero dormir&#8221;</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">
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		<title>Domingo Arena y Batlle.</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Dec 2009 16:49:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fede</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Batlle y Ordoñez]]></category>
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		<description><![CDATA[Sigo con la manía de ahorrar trabajo intelectual personal. Asi que ahora les copio unos fragmentos de un libro que tengo hace poco tiempo llamado &#8220;Batlle y los problemas sociales en el Uruguay&#8221;, el autor de este libro es nada &#8230; <a href="http://www.fedelagrotta.com.uy/domingo-arena-y-batlle/">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><img class="alignnone" style="margin-right: 10px; float: left;" src="http://www.fedelagrotta.com.uy/wp-content/uploads/2009/12/domingo-arena.jpg" alt="" width="160" height="188" />Sigo con la manía de ahorrar trabajo intelectual personal. Asi que ahora les copio unos fragmentos de un libro que tengo hace poco tiempo llamado &#8220;Batlle y los problemas sociales en el Uruguay&#8221;, el autor de este libro es nada mas ni nada menos que Domingo Arena, el tipo mas cercano a el Pepe. El libro se me desarma de las mano y los fragmentos que aqui abajo se encuentran poco tienen que ver con política en el sentido serio del termino, sino muestra mas bien la otra cara del asunto.</p>
<p style="text-align: center;">-X-</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">(&#8230;)</p>
<p style="text-align: justify;">Es claro que tanta atención sobre el tema tan vasto (hablando sobre el negociaciones para llegar a la primera presidencia), tuvo que trabajar profundamente el espíritu de Batlle, acentuando su tendencia a la abstracción y haciéndolo un poco bastante desconfiado y distraído. Aunque difícilmente se pasaba sin mí &#8211; siempre que su actividad no tenía un destino preciso &#8211; con frecuencia se olvidaba de mí. Dejarme en una esquina, porque al salir de una conferencia llevaba una dirección contraria a la convenida, era un hecho frecuente. Un día, al bajarnos de un cupé, cerró la portezuela con tanta violencia mientras yo lo seguía, que no me aplastó porque no quiso la providencia. En las largas caminatas en las que comentábamos las incidencias del día o balanceábamos por vigésima o centésima vez, probabilidades más o menos movedizas, no cesaba de repetirme: &#8220;¡ Más despacio, más despacio! ¿No ve que aquella puerta entreabierta o aquella celosía caída puede esconder un oyente?</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">Esto no impedia que de repente algún hecho si se quiere de apariencia trivial, fijara su atención y estremeciese su sensiblidad hasta hacerlo olvidar momentáneamente su propia obsesión. Recuerdo un caso para mí singularmente característico. Una tarde en que atravesábamos la Plaza Independencia, seriamente preocupados por uno de los tantos problemas de la hora, se nos atravesó un gran mastín negro, esquelético, y ansioso, que viendo que lo considerábamos con atención y ternura, nos empezó a seguir. Batlle ante la extraña actitud del pobre animal, se conmovió y me dijo &#8220;¡ Este infeliz está muerto de hambre: vamos a darle de comer!&#8221;. Y sin esperar mi respuesta, que como es natural tenia que ser afirmativa, emprendimos la marcha hacia su casa seguidos por el hambriento. Allí se dió por manos del propio Batlle, toda la carne y el agua fresca que pudo desear y se le dejó descansando, mientras nosotros reanudábamos la tarea interrumpida. Cuando hubimos terminado, volvimos por el perro, pero ya se había ido. ¡Caso claro de ingratitud o de inconsciencia, que después habíamos de ver tantas veces repetido!</p>
<p>(&#8230;)</p>
<p>Quedaría incompleta esta crónica si no le agregara un episodio pintoresco que puede darle algun color. Don Francisco García Santos, diputado de la fracción batllista, y que era al mismo tiempo director del Manicomio Nacional, se llevó un dia a Batlle a que visitase el establecimiento. Quiso la casualidad que se encontrase entre los huéspedes de la dolorosa casa, un ex-guardia nacional del cuerpo que mandó el visitante cuando se provocó la dictadura de Cuestas, y al verlo, recordando la brega política en que estaba empeñando, se creyo en el caso de agasajarlo de acuerdo con las altas circunstancias. Al efecto, corrió hacia un gran patio inmediato, e hizo formar a todos los destornillados compañeros de que pudo echar mano y cuando aparecio Batlle lo hizo vivar como futuro Presidente de la República, dispensándole los honores consiguientes. Batlle, aunque incapaz de no agradecr hasta a los insanos sus manifestaciones de afecto, se apresuró a alejarse algo corrido, despúes de reaprtir rápidos apretones de manos. ¡ Es que se le ocurrió que lo que le acababan de ofrecerle pródigamente los locos, podía significar la negativa de los cuerdos! Sin embargo no fué así. ¿Será a veces la locura un simple naufragio de lo consciente en la subconciencia, por el cual, aquella, proponderante y sin contralor, adquiere oscuras facultades adivinatorias?</p>
<p>(&#8230;)</p>
<p>La larga, sostenida, agobiante lucha de años, me parecía tan desproporcionada a lo que se perseguía, que alguna vez le pregunté a Batlle si valdría la pena afanarse tanto por cuatro años de gobierno. &#8220;Su error está &#8211; me contestó &#8211; no ver que se está trabajando no por una presidencia, sino por el bienestar del país por treinta o cuarenta años! Así era, en efecto, como se vió después. ¡ Sin tener en cuenta lo mediato &#8211; más bien lo distante &#8211; que se le escapaba entonces al propio Batlle &#8211; tal vez, porque sea inabarcable, por sus múltiples bifurcaciones, todo el alcance de su obra, al propio hombre creador: que estaba cimentando una mística nueva, siempre viva y creciente, de proyecciones incalculables para el porvenir!</p>
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		<title>Discurso de Domingo Arena en homenaje a los que levantaron el Palacio Legislativo.</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Sep 2009 21:06:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fede</dc:creator>
				<category><![CDATA[General]]></category>
		<category><![CDATA[Domingo Arena]]></category>
		<category><![CDATA[Palacio Legislativo]]></category>
		<category><![CDATA[Partido Colorado]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><a href="http://www.fedelagrotta.com.uy/wp-content/uploads/2009/09/palacio.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-84" title="palacio" src="http://www.fedelagrotta.com.uy/wp-content/uploads/2009/09/palacio-300x225.jpg" alt="palacio" width="300" height="225" /></a></p>
<p style="text-align: justify;">Sr. Presidente:</p>
<p style="text-align: justify;">Creo que la Honorable Cámara no debe iniciar sus sesiones en el nuevo reciento, sin consagrar con algunas palabras justicieras, la labor de los que le han dado tan magnífico escenario, máxime desde que el acto inaugural del Palacio, por lo mismo que fue precipitado, resultó muy deficiente a aquel respecto. Para el historiador futuro que se documentara en la crónica de aquella ceremonia, el gran Palacio aparecería como surgido por generación espontánea, algo así como una gran concreción artística por fortuna magnífica, brotada en el país por arte de encantamiento. Y como ello no es cierto, desde que la obra ha tenido, como forzosamente hubo de tener, iniciadores, impulsadores y ejecutadores, me parece justo aprovechar esta solemnidad, para salvar las principales omisiones cometidas.</p>
<p>(…)</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">También se ha olvidado en la ceremonia inaugural el papel preponderante que el Batllismo ha ejercido en la realización de la magna empresa, y ese olvido voy a tratar de repararlo, aunque tenga que recurrir a la justicia hecha por mano propia, que se vuelve legítima defensa cuando se enfrenta con la flagrante injusticia. Porque injustica muy flagrante y muy notoria fue no hablar del Batllismo en el acto referido, desde que es indiscutible que la providencia, o el destino, a él acaso – désele el nombre que se quiera a la fuerza misteriosa que gobierna la marcha del mundo – lo vincularon de una manera muy marcada a los episodios realmente trascendentales de la magna constricción.</p>
<p style="text-align: justify;">Fue Batlle, en efecto, presidente de la primera Comisión del Palacio, quien se empeño en obtener, y obtuvo, que el edificio se arrancase del modesto solar que la ley le había asignado frente a la iglesia de la Aguada, un poco por el santo horror que le inspiraba la vecindad eclesiástica, pero por sobre todo para ubicarlo ampliamente, en términos de darle a Montevideo un nuevo centro, sin desorbitar el que ya tenía, con la clara visión de que esos grandes organismos que forman las ciudades que están destinadas a vivir siempre y crecer indefinidamente, necesitan de muchos centros vitales para alcanzar su pleno desarrollo. Fue Batlle, ya Presidente de la República, a raíz del fin de nuestra última guerra fratricida, y como si quisiera sellar con un acto singularísimo la clausura de nuestro ciclo sangriento, quien colocó la piedra fundamental; fecunda simiente que veinte años después habría de fructificar en esta maravilla. Fue también Batlle, apenas iniciada su segunda presidencia, quien impuso la primera gran ampliación de las obras, y el despejo de sus cercanías para darle aire y perspectiva, y fue todavía él quien impuso poco después el mármol, y no cualquier mármol, sino el del país, cuya problemática existencia entonces apenas se presentía. (…) Fueron, en fin, los batllistas, quienes impusieron siempre, quienes votaron todos los fondos que se requirieron para que la empresa culminase en todo su esplendor, y fueron ellos, siempre ellos los que levantaron en masa para detener y repeler las diatribas que quisieron empañarla o disminuirla. Se comprende, pues, que el Batllismo mire este palacio como cosa suya, y que lo considere como símbolo materializado de toda su obra: firmemente cimentada, sólida, amplia, bella, armoniosa, fielmente orientada hacia todas las perfecciones que puede depararle el porvenir.</p>
<p style="text-align: justify;">Al llegar aquí debo apresurarme a expresar que el Batllismo, aunque encantado con el Palacio, no está todavía completamente satisfecho de él. Considera que la gran obra, para ser la perfecta realización de su ensueño, debe ser completada, pulida, purificada. Es necesario, en su concepto, que lenta pero metódicamente e incesantemente, y muy honradamente, se vaya realizando cuanto se ha concebido y pueda concebirse siempre que redunde en aumento de gracia y de majestad. (…)</p>
<p style="text-align: justify;">Se comprende la unánime satisfacción popular que ha producido la inauguración del monumental palacio. Es que el monumento, para los pueblos maduros, concluye por ser una necesidad espiritual, una verdadera aspiración del alma colectiva, algo así como la satisfacción de esa ansia de supervivencia y de perpetuidad que germina en lo más hondo de los seres. Lo que el poeta, tal vez sin quererlo, instintivamente, persigue en el poema, lo que el escultor persigue en la estatua y el pintor en el cuadro, el pueblo lo persigue en el monumento. Es que sabe que mientras los hombres mueren, las bibliotecas se dispersan, las instituciones se transforman, los monumentos se mantienen erguidos, proclamando por los siglos de los siglos la idiosincrasia de quienes los construyeron. (…)</p>
<p style="text-align: justify;">Pero nuestro Palacio no sólo satisface vagas aunque efectivas ansias populares, sino que reporta bienes reales y actuales para el mismo pueblo de quien principalmente es obra, y cuyos intereses morales y materiales está llamado en primer término a contemplar. Su gran masa, implantada en el corazón de la capital, en plena luz, visible a distancia, es una magnífica obra artística soberbiamente hipertrofiada para el fomento de la cultura popular, que ofrece a toda hora y al aire libre la acción educadora perseguida hasta ayer en los ambientes limitados y difíciles de alcanzar de los museos de arte. Materializa tan vivamente el concepto de la soberanía del pueblo que ha de avivar, forzosamente, la adormecida conciencia de las masas, recordándoles que en una República de verdad, como es la nuestra, con solo votar bien, podrían hacerse dueñas de sus destinos. Accesible siempre, para todo el mundo, dará la visión real, de que por lo menos la igualdad civil es un hecho definitivamente alcanzado por nuestro pueblo, y que con un poco de cultura, y otro poco de suerte, se pueden conquistar todas las posiciones, pártase de donde se parta.</p>
<p style="text-align: justify;">Esa misma suntuosidad, que ha parecido un derroche a los retrógrados sirve para enaltecernos como altruistas, ya que hicimos un sacrificio económico superior – heroísmo a su manera – para alojar dignamente a lo mejor de las generaciones futuras, o sea a los llamados a modelar en leyes sabias, el bienestar y la elevación moral del pueblo.</p>
<p style="text-align: justify;">Y hasta espero que las características del Palacio ejerzan una acción beneficia sobre nuestras propias deliberaciones. Si es verdad que se piensa más alto en la cumbre de las montañas, y más sereno en la costa del mar, es imposible que no se piense en mejor medio de estas magnificencias. No espero, ni debe esperarse, que las armonías arquitectónicas derramadas a nuestro alrededor puedan hacernos mas sabios, pero espero que por lo menos nos hagan más sobrios, más serenos, más justos y sobre todo mas humanos, lo que aunque solo alcanzase en parte, ya justificaría suficientemente los sacrificios que nos ha impuesto la construcción de esta maravilla.</p>
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