Domingo Arena – Cuadros Criollos

A falta de tiempo, pocas palabras.

Paso a robarle a Don Domingo, una parte de su obra, en su momento explicare de donde sale todo esto.

CUADROS CRIOLLOS

A pesar de que era primavera aquel amanecer tibio prometía un día sofocante. Los teruteros revoloteaban tristes, y los ganados, extrañando aquel calor prematuro, olfateaban el aire con desconfianza, como si presintieran peligros cercanos.

Al presentarse el sol en el horizonte estaba desconocido: más que el astro de todos los días, por su forma irregular y su color, parecía una enorme bala de cañón enrojecida hasta deformarse. La atmósfera estaba muy cargada y el cielo despejado; sólo a lo lejos algunas nubes cenicientas asomaban agrandándose y cambiando caprichosamente de forma al empuje de una leve brisa, que parecía el hálito ardiente y fatigoso del enfermizo gigante del norte: Brasil.

Juan que volvía del rancho de su madre, montaba un soberbio redomón tordillo: de esos animales mitad potro, mitad caballo, que a la salvaje agilidad de uno, reúnen la mansedumbre naciente del otro.

Sentado en el recado con la firme soltura con que nuestros gauchos saben hacerlo, mostraba unos brazos robustos y un pecho saliente mal cubiertos por la entreabierta camisa y por el pañuelo de golilla que le caía a un lado. De la cabeza implantada sobre un cuello poderosos, brotaba una espesa mata de largos y enredados cabellos castaños. A su fisonomía trigueña daban mucha expresión unos ojos azul – claros, una nariz perfecta y unos labios que siempre sonreían tristemente a la sombra de un delicado bozo; y las piernas dentro de las anchas bombachas hubiera parecido inmóviles y pegadas a los lados del tordillo, a no ser el tintineo de las espuelas sujetas a sus gruesas botas cuya punta descansaba apenas en el robusto estribo.

Galopaba sin mirar, con el sombrero muy atrás, sujeto por el barbijo, sin distraerse por la belleza para él tan familiar de aquella verde y ondulante llanura, atravesada por zanjas y limitada por sierras que se  perdían a lo lejos, confundiéndose con el azul del cielo y en la que pastaban vacas, retozaban potrillos, y acá los espesos chircales; tampoco lo inquietaban las espantadas de su arisco tordillo provocadas por la algazarra de su perro rabón, que con la lengua afuera, corría de un lado para otro levantando perdices; y sólo de rato en rato, después de profundo suspiro, miraba hacia adelante para orientarse y castigaba, mostrando de ese modo su impaciencia por llegar.

(…)

Era de material y sus paredes muy blancas aparecían desde lejos como grandes manchas al través de la espesa arboleada que la rodeaba. Tenia a los lados dos grandes galpones de cuyos tirantes colgaban cinchas, maneadores y otras prendas del mismo género, y un poco más lejos un corral de piedra; lo cual, junto con una docena de perros que se peleaban por roer las garras de un cuero recién estaqueado, una bandada de gansos que se bañaban en la lagunita situada a pocos pasos de la casa, y varios caballos atados al palenque, le daba a aquella el aspecto de lo que realmente era: una estancia.

Don Yuca, que era el dueño, se recostaba perezosamente en el marco de la puerta. Tenía unos cuarenta años, flaco, envuelto en un poncho de verano, con un pucho detrás de la oreja y escarbándose los dientes con la punta del cuchillo, presentaba un conjunto antipático que lo señalaba al momento con el tipo judío de la campaña, sin otra aspiración que ver sus campos llenos de ganados, y sin conocer otro dolor moral que el producido en ellos por el estrago de las epidemias.

(…)

Al llegar Juan, pasó sin que don Yuca lo mirara; se apeó en el galpón e iba a desensillar, cuando de repente se quedó pálido, sin moverse y respirando apenas, con la mirada fija de la ventana de la casa que tenía al frente.

Por ella asombra un busto soberbio de mujer, terminando por una cabeza más soberbia todavía, de la que se desprendía una larga brazada de cabellos negros. En su faz algo tostada por el sol pero correctísima, lucían unos ojos grandes, muy grandes, tras de unos párpados apenas entreabiertos, a través de los cuales sus pupilas protegidas, por hermosas pestañas, miraban con curiosidad como pilluelos por la rendija de una puerta.

Sonriéndose y mostrando así unos dientes blanquísimos, dijo:

- ¡Cómo has demorado Juan! ¿Tu madre estaba enferma?

- No, pero… me extrañó usted, Gervasia, le respondió balbuceando.

Gervasia se puso roja, lo miró con los ojos muy abiertos mostrando así algo tan hermoso como un mundo y se alejó sin contestar. Ya hacía rato que había desaparecido y sin embargo Juan seguía mirando; deslumbrado, veía aún aquella encantadora imagen proyectada en el hueco de la ventana.

Y es que Juan la amaba con un amor tan grande como los horizontes que conocía; con un amor tan puro, como el aire que había respirado toda su vida. Hacía tres años que trabajaba en la estancia, hacía tres años que la había visto por primera vez, e igual tiempo, hacía que su pensamiento no producía una idea que no estuviera empapada en su recuerdo.

(…)

Desde las primeras horas de la tarde, con un sol ardiente y montados en caballos abombados y cubiertos de sudor, empezaron a llegar los gauchos de los alrededores, en su mayor parte agregados de la estancia. Al anochecer, unos quince reunidos debajo del galpón, conversaban sobre las marcaciones que tendrían lugar al otro día y con sus trajes pobres y variados y sus distintas posturas formaban un grupo interesante y extraño.

(…)

Después de la cena, mientras alumbraba la luz de la luna que entraba por una gran puerta, y corría el mate amargo de mano en mano precediendo a veces al frasco de caña, el más viejo de los asistentes llamado el Tio Chico, y que pasaba de los sesenta años, contó algunos episodios de guerra presenciados por él, o trasmitidos por sus padres y abuelos; de esos cuentos tan comunes en esas reuniones y abuelos; de esos cuentos tan comunes en esas reuniones, que por sí solos han formado la enseñanza histórica de nuestra campaña, y que con su verdad sencilla han bastado y bastarán para enardecer el alma del gaucho, de suyo tan esforzada.

(…)

Ya tarde, y después de un triste cantando al compás de la guitarra con más sentimiento del que suelen gastar los buenos tenores, cada uno tendió en el galpón el recado que había de servirle de cama, y se acostaron; menos Juan que se quedó como siempre, gran parte de la noche mirando la ventana de Gervasia.

(…)

Al otro día, como era de esperarse por el tiempo que había hecho, caía el agua a chaparrones. Al través del tupido velo de la lluvia, se veía a los animales, moverse despavoridos con el estallido de los truenos, dando el anca a la tormenta, los terrenos cobijándose debajo de las vacas, y las ovejas escondiendo la cabeza unas debajo el pecho de las otras, aglomeradas en masas compactas, presentando su blanquísimo vellón. Sólo los gansos, medio ahogados pero no satisfechos, se revolvían contentos en la crecida laguna.

(…)

Al otro día muy temprano empezó el trabajo que se continuó hasta el oscurecer en medio de gritos, silbidos de lazos y carcajadas. De rato en rato un animal caía volcado por un hábil pial; y estirado en el suelo sin poder moverse soportaba entre convulsiones la marca enrojecida en una gran hoguera, que al quemarle el anca producía leves copos de humo con el característico olor a cuero quemado. Después de verse suelto, se paraba y corría corcobiando con la boca llena de espuma y bramando lastimosamente, mientras don Yuca sentado al lado de la puerta de la manguera, en una tira de cuero crudo llamada “tarja”, hacía un diente más para indicar que otro ternero había sido marcado.

En todo ese tiempo, Juan, incansable, manejaba con destreza y soltura el lazo, y no pocos piales en el aire le valieron aclamaciones de entusiasmo; elogios que él casi no atendía, para acariciar otro mucho mayor: las sonrisas de satisfacción que desde la casa le enviaba Gervasia.

De noche se dió fin con la acostumbrada comilona que tuvo lugar en el comedor, entre todos los peones y la familia de don Yuca.

(…)

De repente rechinó una puerta que estaba a la derecha de la casa, sombreada por una espesa enredadera en forma de parral que apenas atravesaba la luz de la luna, y en su oscuro hueco apareció Gervasia, respirando con fuerza, y mirando tristemente las estrellas.

Ante aquello Juan no pudo contenerse; se paró casi de un salto y corrió hasta Gervasia sorprendida.

- Por favor, escucheme usted… le dijo tomándole una mano.

Y no dijo nada más, porque no supo qué decir; porque la pobre terminología aprendida en su vida de peón era importante para expresar el cúmulo de ideas que hervían dentro de su cabeza.

Pero no fué preciso que hablara para entender Gervasia la última página de aquel poema que se venía elaborando hacía tanto tiempo. Le bastaba con lo que le decían los temblores de sus robustas manos apretando las suyas, al través de los cuales se le veía el alma entera y su gran pasión que la llenaba toda.

(…)

Cuando un rayo de luna atravesando por un hueco que dejaban las hojas de la enredadera, alumbró el grupo, la hermosa cabeza de Gervasia descansaba en el hombro de Juan mientras que con voz desfallecida le decía ¿nos querremos siempre así, no es verdad?

En aquel momento don Yuca apareció delante de ellos con los ojos saltados, mirando estúpidamente aquella escena sin comprenderla.

No se podía esperar otra cosa. El pobre Juan fué echado enseguida sin que bastaran las lágrimas de Gervasia y las súplicas de todos para ablandar a don Yuca, porque aquél hombre podría perdonar ofensas más o menos graves, pero nunca perdonaría que le deshicieran, en el momento en que iba a clavarle el diente, un pastel que había amasado hacía tanto tiempo, durante los mejores años de su vida, y eso precisamente había hecho Juan, desbaratándole el casamiento que tenía proyectado con su sobrino, y quitándole así la tutela de sus poblados rodeos de excelente ganado, causa de aquella tan antigua combinación.

Juan al ser arrojado del lugar donde tan hondamente se habían arraigado sus afecciones, sintióse conmover todo como árbol que se arranca violentamente de la tierra en la que deja sus raíces y con ellas la vida. No comprendía la existencia sin el calor de las miradas de Gervasia, y al tener que apartarse de su lado para siempre, agrandaba más su desesperación el recuerdo de la felicidad completa que había gozado un momento; que creyó duraría siempre y que no comprendía con qué derecho se la arrebataban, de la misma manera que un niño no comprende como puede arrebatársele el precioso juguete que tuvo entre sus manos.

Y así anduvo mucho rato, meditando con sombría insistencia en estas cosas tristes, mientras resonaban los cascos de su caballo en el pedregoso suelo, hasta que con la inteligencia cansada y casi extraviada por tantos negros pensamientos, cayó en una idea extraña y fija, propia de ciertos estados absurdos del espíritu ocurriéndosele pensar porqué su caballo no pisaba la sombra que se le escurría velozmente de entre las patas.

(…)

Después de atravesar la portera casi volteada por el temporal, y pasar la mina abandonada, llegó a la costa del arroyo, donde el suelo se iba haciendo más y más húmedo, hasta volverse un bañado crecido por el desborde de la zanja que lo atravesaba.

(…)

Aquello tenía un aspecto imponente. Pero Juan no vaciló, y sin tomar ninguna de las precauciones que aquel peligroso paso exigía, espoleó su caballo que había empezado a tomar agua.

(…)

De repente, el caballo haciendo un violento esfuerzo salió del remolino, pero Juan aturdido, demasiado pesado, con sus botas y ropas llenas de agua y sorprendido por la inesperada sacudida, no pudo seguirlo y quedó allí, hundiéndose en seguida.

(…)

Al año siguiente y con una tarde magnífica de primavera, empezaron a juntarse en la estancia de don Yuca, los gauchos que debían tomar parte en las hierras del otro día. De noche como el año anterior, rodearon el asador en la extensa cocina, y otra vez como entonces, acabada la cena, y comenzado el mate, el Tío Chico tomó la palabra con el tono que le era habitual.

Pero no habló como otras veces de combates en los chircales, ni de sorpresas de campamentos, sino que contó los amores desgraciados del gauchito Juan con la patronita Gervasia. Contó cómo al ser echado de la casa se dirigió al rancho de su madre que estaba del otro lado del arroyo, en el que lo encontraron ahogado a los pocos días, enredado en las ramas de una guayabo. Además Habló de la muerte de la viejita madre de Juan a causa del desgraciado suceso, y de la resolución de Gervasia que no había vuelto a salir de su cuarto llorando en silencio el trágico fin de sus amores; y sus palabras impresionaron profundamente a aquellos sensibles paisanos.

Sin embargo, como otras veces, se cantaron “tristes” y se jugó al truco, pero no pocos al acostarse en los recados, dedicaron a su manera, una plegaria al alma del difunto.

(…)

Mientras tanto don Yuca, impasible, sentado al lado de la manguera, y con su eterno pucho detrás de la oreja, no pensaba más que en seguir señalando en su tarja los animales que se marcaban.

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Manuel Flores Mora (“Maneco”)

En una libreria de 18 de julio y ejido, encontré de manera casi casual en una estantería un libro que decía: “Manuel Flores Mora. República Oriental del Uruguay Cámara de Representantes”.

Me sorprendió encontrar algo de alguien del que no sabia casi nada, salvo la sinapsis de Maneco = Colorado.

Buena suerte la mía de haber encontrado ese libro, decidí comprarlo, al acercarme al mostrador el vendedor me dice que la obra en total consta de tres tomos y no se vende por separado, bien dije, mejor aun, me lo llevo igual, a pesar del precio de unos 700 pesos.

Hace unos días se lo recordó en la asunción de la nueva cámara de representantes, ya que el dejo de existir un mismo día pero de 1985.

Ese mismo día, supe con que actualizar esto. Un suelto del diario Acción.

5 de mayo de 1964, diario ACCIÓN - TRES MOMENTOS DE ARENA.

Hay generaciones enteras a las cuales se les va de entre las manos su pedazo de tiempo de historia, ocupadas en parecer importantes: funcionarios que si los dejaran se pondrían frac para inaugurar una alcantarilla entre discursos; hombres de esos que como campanas, gustan del bronce y se mueren por arrancar sonidos engolados desde el centro de la propia oquedad, cuyos ecos adoran.

A mi, cómo negarlo, lo que más me gusta de Arena es que fue todo lo contrario. Y hasta pienso que si todavía, a tanto tiempo, su alma sigue viva en el ámbito del Partido, querida por generaciones que no la conocieron, es por esa virtud esencial de repudio para cuanto signifique solemnidad, virtud que viene a ser como el sello de fábrica de todo lo que es auténtico, verdadero y está vivo.

En el reportaje que le hiciera Lorenzo Batlle Berres, y que ACCIÓN publicara ayer, Arena dice cómo nació su admiración por Batlle. ¡El discurso que nos hubieran endilgado otros! Arena, el inmenso Arena, nos entrega en cambio esta contestación imprevisible, desconcertante, infantil:

“Mi admiración nació cuando lo vi en traje de baño…”

¡Batlle en traje de baño! Y esta contestación no la da un niño. La da un viejo lleno de laureles, al cabo de esa misma vida que junto con la de Batlle, emplearon uno y otro en cambiar la República, en levantarla hacia adelante, en ennoblecerla hacia dimensiones revolucionarias de la libertad, de la piedad, de la justicia.

“Mi admiración nació cuando lo ví en traje de baño…” Si, como un niño que justificase su admiración por el Rey Arturo en el brillo de su armadura.

O mejor: como si el primero de la Tabla Redonda, por pudor de referirse a los dragones o a las murallas que derrumbaron juntos,  sólo dijese para justificar su amor por el Rey Arturo, que lo deslumbraba la manera que éste tenía para prender el broche de sus espuelas…

X X X

Yo no puedo casi escribir sobre Arena porque siempre me ocurre lo mismo; siento como si él fuese a leer lo que de él uno escriba. Como si en vez de un artículo, fuese casi una carta. Y el obstáculo fundamental es que me imagino que Arena se ríe. Con bondad divertida, pero se ríe. Como si delante de aquella alma, a la cual no empañó jamás la sombra fósil de solemnidad ninguna, todos tuviéramos que comparecer en traje de baño. ¡Y sin ser Batlle!

De cualquier manera, la anécdota es un buen comienzo para la más dispar amistad que haya unido entrañablemente a dos seres sobre esta tierra: la del nieto de catalán cuya aventura, como la de la piedra, consistía en sostenerlo todo sin torcerse ni inclinarse nunca, y la del italianito Arena que sobornó regalándole zapatos a un maestro de escuela de su Tacuarembó infantil, para conseguir los certificados con los cuales vencer aquí la puerta de la Universidad y seguir estudiando.

Lo que no espero saber es si Batlle no terminó nunca de entender a Arena o si simplemente lo entendía de sobra y, adorándolo, si limitaba a atajarlo. Y no me refiero sólo a los enojos de Batlle porque Arena le comentaba las excelencias físicas de alguna señora. Me refiero, por ejemplo, a este otro episodio sin desperdicio, a este otro pasaje casi acariciador por su ternura, que Arena contó el 20 de octubre de 1931 en la Convención del Partido, y cuyo perfume no se extingue:

“Hace tiempo, no recuerdo por qué, no pudiendo ver a Batlle en su cumpleaños, incurrí en la vulgaridad de mandarle por carta cuatro ternezas. Me contestó en el acto que era indigno de mí perder en trivialidades un tiempo que podía emplear útilmente en el bien del país”!

X X X

Estas líneas, se comprende, no intentan el retrato de Arena. Menos aún su innecesaria apología. Se conformarían solamente si al pasar hubieran conseguido acariciar, rozar, sostener un segundo en el aire como si se pudiera sostener un aroma entre los dedos, algo de lo que era el timbre de estas almas: Arena, Batlle.

Un momento pinta mejor a un hombre que todas sus campañas. Y ya he contado dos: el día del traje de baño en la playa, el día del cumpleaños y la carta. Me queda todavía otro.

Arena visita en el hospital a Batlle enfermo. Lo encuentra él mismo también, en “El Día” del 20 de octubre de 1930. Arena le habla de César y “no recuerdo cómo ni por qué, aludí a la actuación parlamentaria de su sobrino Luis, subrayándole que se estaba destacando tanto por su inteligencia como por su dedicación y energía. Me contestó muy complacido que aquello era natural y lo había esperado. Tanto él como sus hermanos, me dijo, salen al padre: “el pobre Luis era muy inteligente”

Arena tiene que irse a almorzar y por la tarde, a no sé qué espectáculo con su hermano. Antes, sin embargo, dará otra vuelta por el hospital, para ver a Batlle un momento. Batlle accede. Arena recoge sus palabras:

” A condición – me dijo – de que no me despierten si me encuentran dormido…”

Arena se marcha pero vuelve antes aún de lo que él mismo había creído. No puedo despertarlo, porque Batlle estaba dormido para siempre. Ya en la cara de Marcos y en la del moreno Mendieta, lo supo. Y los abrazó sollozando.

Una y otra vez, las palabras me siguen erizando “… no me despierten si me encuentran dormido”.

Son las palabras últimas de Batlle. Por lo menos, las últimas que le escuchó el primero entre sus capitanes.

Parecen hechas para iluminar el sueño de una estatua yacente. Son la despedida del guerrero. Son el reconocimiento de su largo y nunca delatado cansancio. Son como si dijera: “Ya lo hice todo.  Ahora quiero dormir”

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El impulso y su freno – Carlos Real de Azúa

Dicen que nadie es enteramente bueno ni enteramente malo, creo que en el ámbito de la política es muy difícil reconocer eso, dada mi condición de batllista enamorado (un mal necesario de la política ¿?) de la causa me resulta complicado digerir las criticas hacia el señor Batlle y el Batllismo en general.

Ahora bien, con el tiempo he intentado madurar los conceptos e intentar aceptar que este señor no fue infalible, quizás su mayor defecto fue permitir la extrema glorificación del personaje, los libros batllistas de aquella época (que fueron los primeros a los que consulte) son una apología constante.

Por eso, voy a copiar, unos fragmentos del libro “El impulso y su freno” de Carlos Real de Azúa (Ediciones de la Banda Oriental) , comenzando por el prologo de José Pedro Barrán

Prologo

(…) Por ello es que algunos de los “reproches” hechos al batllismo in totum por Real de Azúa, en un estudio que a veces tiene más de acta de acusación que de análisis sereno, se aplican mejor al partido del Novecientos – el “sectarismo” colorado y anticlerical, por ejemplo- que al de los años cincuenta, y otros, en cambio – el abuso del empleo público como forma de reclutamiento partidario, la ausencia de un auténtico proyecto nacional – atienden fundamentalmente al batllismo de los años cincuenta y referidos al de Batlle y Ordóñez son, en lo básico, apreciaciones erróneas.

(…)

Creemos, por fin, que Real de Azúa disminuye artificialmente el papel de los adversarios del batllsimo del Novecientos en el “freno” del Uruguay.

(…)

En estas apreciaciones, creemos, se tornó anacrónico. El Imperio del Novecientos en América del Sur no era Estados Unidos sino Gran Bretaña y, desde este ángulo, la yanquifilia de Batlle es pecado menor y el antiyanquismo de Herrera menor también, como virtud, sobre todo si se contrasta con un obvio pecado mayor, su anglofilia, notable en el Partido Nacional de 1911, y su contento por la intervención inglesa frenando el proyecto del Banco de Seguros batllista.

(…)

Aun con tales salvedades – la mayoría de las cuales son el fruto de la investigación posterior a 1964, año en que se conoció “El impulso y su freno” – estos escritos son una demostración de lo que el mayor ensayo histórico aporta.

Reflexionar con un maestro de la reflexión sobre el pasado del país no es solo rescatarlo, es convertirlo en materia prima de la acción.

Cap. IV. Las grietas en el muro.

(…)

Por ello es explicable que fundado sólidamente sobre anchos sectores medios de procedencia inmigratoria bastante reciente, dotado de una vertebración ideológica de tipo universalista e intelectual, solidarista y humanista al modo radical, socialista europeo, el batllismo, pese a la significación económica haya estado pasional y doctrinalmente muy lejos de cualquier “nacionalismo”

(…)

Pareciera entonces que a la efectiva tarea nacionalizadora del batllismo le basto la antítesis “sociedad” o “pueblo” versus “empresas” aunque valiéndose – lo que resulta poco más que circunstancial – de que las empresas capitales fueran extranjeras, de que su control se ejerciera desde el exterior y de que sus ganancias allá se encaminan.

(…)

De todo esto, también, se desprende con facilidad el que de acuerdo a su filosofía general, la obra educacional del Batllismo haya estado movida por el prestigio de cierto contenido de la educación de sello inocultablemente “iluminista” e intelectualista que es fiel a la tradición educacional del país que hasta él llegaba y cuya única excepción la constituyeron las ya mencionadas iniciativas de Acevedo. El caracter “instructivo”, nocional, inevitablemente libresco y tanto universal como “utópico” de esa enseñanza se marca superlativamente en la empresa (por tanto conceptos muy importante) de los liceos departamentales creados en la segunda década del siglo. Y ello es así porque, dotados de un programa de esa índole, uniforme, desentendido de las sugestiones y necesidades diferenciales de cada ambiente local (también del general del interior del país) poco tuvieron que ver con el “hábitat” muy diferente del ajeno y europeizado en el que esos planes de enseñanza (y aun sólo a medias) hubieran sido congruentes. Funcionando en el ámbito en que lo hicieron, muy discutible es que hayan operado de algún modo como factor de ajuste (es obvio que queremos decir ajuste “con” promocion cultural, económica, social) y más de un resultado globalmente nocivo es presumible que haya podido causar.

(…)

Por eso es que desde sus primeras décadas – volvamos al tema – el Batllismo comenzó a sufrir en el nivel de competencia y prestigio de sus cuadros, los que, en términos de su efectiva capacidad de conducción, ya amenazaron resentirse. A ello llevaron su renuncia a movilizar una ética nacional con exigencias, sacrificios, y esas ciertas constricciones que el crecimiento impone. A ello su ideal no malvado pero sí algo burdo de “felicidad” (…)

(…)

Sin embargo, esta rica y en verdad contradictoria pluralidad de fines permite señalar lo que desde un principio (y sobre todo en la obra legislativa de los años mas creadores) puede ser apuntado como una tónica general del estilo y la obra batllistas. Se da en este rubro, en la política de la tierra, en la de servicios públicos (como se verá), en la de enseñanza, en la de fomento cultural. “Querer hacerlo todo” es el nombre de esta debilidad prototípica, querer hacerlo todo simultáneamente, renunciando a la inexorable selección de fines (y al sacrificio de otros) que preside una conducta política eficaz; querer hacerlo todo, renunciando a ese calendario de “antes” y de “después” que aun la acción revolucionaria más abarcadora y radical no se priva; querer hacerlo todo y cumplirlo todo, desdeñando el efecto multiplicador de ciertos fenómenos concentradamente fomentados, y sobreapreciando la índole meramente corolaria de otros. Dejó esta postura, este talante una miríada (cantidad muy grande e indefinida) de instituciones entecas y medicocres, de poryectos empantanados, y de alegres construcciones en el aire – y en el papel – expuestas a la languidez y a la muerte, barridas o por lo menos desarboladas (ocurrió frecuentemente en el período de Viera, de 1915 a 1919) a cada reajuste presupuestal malhumorado.

(…)

Tal es, seguramente, la versión más importante del estatismo batllista y del país que modeló, un estatismo que modernizó los mecanismos del Estado a la altura de su tiempo, los amplió en el área administrativa y los hizo servir a “funciones secundarias” de tutela, gestión industrial y enseñanza. Pero también tiene otros aspectos, en cierto modo larvarios, pero muy definitorios. Con la no infrecuente invocación a los derechos de un Estado llamado a reeplazar la autoridad paternal y familiar, y (en general) la de todos los grupos intermediarios entre él y el individuo, configuróse un “estatismo” de estilo jacobino que permaneció sin embargo, en “estado de suspensión”, programático, semiutópico.

FIN

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