Montevideo, 9 de Octubre de 1886.
Un perseguido de Santos, El Sr. Batlle y Ordoñez. (“El Diario” de Buenos Aires)
El incidente en la calle.
(…)
Al interrogarlo sobre su encuentro con el sargento mayor Octavio Muelas nos dijo:
- Es poco mas ó ménos como lo ha referido la prensa. Caminaba yo por la calle Sarandí en las primeras horas de la noche, acompañado por mi amigo y compañero de redacción, Mateo Magariños Veira. Ibamos hacia la plaza Independencia, y al llegar a los arcos del Hotel Español, vi a dos individuos parados en el cordón de la vereda, que conversaban y nos miraban con insistencia. A pocos pasos de ellos, me dijo Magariños: “Ese es Muelas”, al mismo tiempo que señalaba a uno de los dos.
Debo advertirle que yo no conocia, ni a Muelas ni a ninguno de los individuos que habian publicado el remitido amenazándome. Tampoco me conocian ellos; y asi oimos, -que casi al mismo tiempo que Magariños me hacia aquella indicacion, el que acompañaba a Muelas, decia a este: “Ese es Batlle”. Muelas atraveso entonces la calle, hacia la Sombrereria de Paris, se paró en la acera de en frente y habló con otro individuo. Poco despues caminó hacia la plaza, en la misma direccion que habiamos tomado nosotros. Yo crei entonces que venia a provocarme, y sacando y amartillando el revólver me fui sobre él dispuesto a hacerle fuego, y en la creencia, como digo, de que venia a atacarme.
Me causó sorpresa el ver que no hicieran ademan ninguno de defensa: me detuvo a pocos de él, siempre con el revólver preparado; pero Muelas siguió caminando aunque sin asumir la actitud que yo esperaba. Pasó por mi lado rozándome la ropa, y oi que me decia en tono confidencial, como si se tratara de un amigo que en un instante de apuro da un consejo a otro: “siga, siga: no sea tonto, no me comprometa!”. Confieso que estas palabras, misteriorsas e incomprensibles para mí, en aquel momento, me desarmaron, dejándome en una actitud indecisa.
Cuando volví el rosto, ya Muelas se enontraba a algunos metros de distancia y seguia caminando como si no me hubiera visto. Guardé el revólver, me acerqué a Magariños, – quien habia intentado impedir allí todo lance- y no pude reprimir algun comentario sobre el estraño proceder de aquel adversario oficioso, que despues de insultarme por la prensa, intentba aconsejarme amistosamente en la calle.
- Y a que atribuye esa conducta ?
- Esto, y algo mas que he sabido después, me confirma en lo que creí desde el principio: aquel hombre, así como sus compañeros Arellano y Ortiz, habían recibido orden de cometer un crimen, y aunque no podían rechazarla, porque venia de muy alto, tendrían también ciertos escrúpulos por cumplirla.

