Domingo Arena – Cuadros Criollos

A falta de tiempo, pocas palabras.

Paso a robarle a Don Domingo, una parte de su obra, en su momento explicare de donde sale todo esto.

CUADROS CRIOLLOS

A pesar de que era primavera aquel amanecer tibio prometía un día sofocante. Los teruteros revoloteaban tristes, y los ganados, extrañando aquel calor prematuro, olfateaban el aire con desconfianza, como si presintieran peligros cercanos.

Al presentarse el sol en el horizonte estaba desconocido: más que el astro de todos los días, por su forma irregular y su color, parecía una enorme bala de cañón enrojecida hasta deformarse. La atmósfera estaba muy cargada y el cielo despejado; sólo a lo lejos algunas nubes cenicientas asomaban agrandándose y cambiando caprichosamente de forma al empuje de una leve brisa, que parecía el hálito ardiente y fatigoso del enfermizo gigante del norte: Brasil.

Juan que volvía del rancho de su madre, montaba un soberbio redomón tordillo: de esos animales mitad potro, mitad caballo, que a la salvaje agilidad de uno, reúnen la mansedumbre naciente del otro.

Sentado en el recado con la firme soltura con que nuestros gauchos saben hacerlo, mostraba unos brazos robustos y un pecho saliente mal cubiertos por la entreabierta camisa y por el pañuelo de golilla que le caía a un lado. De la cabeza implantada sobre un cuello poderosos, brotaba una espesa mata de largos y enredados cabellos castaños. A su fisonomía trigueña daban mucha expresión unos ojos azul – claros, una nariz perfecta y unos labios que siempre sonreían tristemente a la sombra de un delicado bozo; y las piernas dentro de las anchas bombachas hubiera parecido inmóviles y pegadas a los lados del tordillo, a no ser el tintineo de las espuelas sujetas a sus gruesas botas cuya punta descansaba apenas en el robusto estribo.

Galopaba sin mirar, con el sombrero muy atrás, sujeto por el barbijo, sin distraerse por la belleza para él tan familiar de aquella verde y ondulante llanura, atravesada por zanjas y limitada por sierras que se  perdían a lo lejos, confundiéndose con el azul del cielo y en la que pastaban vacas, retozaban potrillos, y acá los espesos chircales; tampoco lo inquietaban las espantadas de su arisco tordillo provocadas por la algazarra de su perro rabón, que con la lengua afuera, corría de un lado para otro levantando perdices; y sólo de rato en rato, después de profundo suspiro, miraba hacia adelante para orientarse y castigaba, mostrando de ese modo su impaciencia por llegar.

(…)

Era de material y sus paredes muy blancas aparecían desde lejos como grandes manchas al través de la espesa arboleada que la rodeaba. Tenia a los lados dos grandes galpones de cuyos tirantes colgaban cinchas, maneadores y otras prendas del mismo género, y un poco más lejos un corral de piedra; lo cual, junto con una docena de perros que se peleaban por roer las garras de un cuero recién estaqueado, una bandada de gansos que se bañaban en la lagunita situada a pocos pasos de la casa, y varios caballos atados al palenque, le daba a aquella el aspecto de lo que realmente era: una estancia.

Don Yuca, que era el dueño, se recostaba perezosamente en el marco de la puerta. Tenía unos cuarenta años, flaco, envuelto en un poncho de verano, con un pucho detrás de la oreja y escarbándose los dientes con la punta del cuchillo, presentaba un conjunto antipático que lo señalaba al momento con el tipo judío de la campaña, sin otra aspiración que ver sus campos llenos de ganados, y sin conocer otro dolor moral que el producido en ellos por el estrago de las epidemias.

(…)

Al llegar Juan, pasó sin que don Yuca lo mirara; se apeó en el galpón e iba a desensillar, cuando de repente se quedó pálido, sin moverse y respirando apenas, con la mirada fija de la ventana de la casa que tenía al frente.

Por ella asombra un busto soberbio de mujer, terminando por una cabeza más soberbia todavía, de la que se desprendía una larga brazada de cabellos negros. En su faz algo tostada por el sol pero correctísima, lucían unos ojos grandes, muy grandes, tras de unos párpados apenas entreabiertos, a través de los cuales sus pupilas protegidas, por hermosas pestañas, miraban con curiosidad como pilluelos por la rendija de una puerta.

Sonriéndose y mostrando así unos dientes blanquísimos, dijo:

- ¡Cómo has demorado Juan! ¿Tu madre estaba enferma?

- No, pero… me extrañó usted, Gervasia, le respondió balbuceando.

Gervasia se puso roja, lo miró con los ojos muy abiertos mostrando así algo tan hermoso como un mundo y se alejó sin contestar. Ya hacía rato que había desaparecido y sin embargo Juan seguía mirando; deslumbrado, veía aún aquella encantadora imagen proyectada en el hueco de la ventana.

Y es que Juan la amaba con un amor tan grande como los horizontes que conocía; con un amor tan puro, como el aire que había respirado toda su vida. Hacía tres años que trabajaba en la estancia, hacía tres años que la había visto por primera vez, e igual tiempo, hacía que su pensamiento no producía una idea que no estuviera empapada en su recuerdo.

(…)

Desde las primeras horas de la tarde, con un sol ardiente y montados en caballos abombados y cubiertos de sudor, empezaron a llegar los gauchos de los alrededores, en su mayor parte agregados de la estancia. Al anochecer, unos quince reunidos debajo del galpón, conversaban sobre las marcaciones que tendrían lugar al otro día y con sus trajes pobres y variados y sus distintas posturas formaban un grupo interesante y extraño.

(…)

Después de la cena, mientras alumbraba la luz de la luna que entraba por una gran puerta, y corría el mate amargo de mano en mano precediendo a veces al frasco de caña, el más viejo de los asistentes llamado el Tio Chico, y que pasaba de los sesenta años, contó algunos episodios de guerra presenciados por él, o trasmitidos por sus padres y abuelos; de esos cuentos tan comunes en esas reuniones y abuelos; de esos cuentos tan comunes en esas reuniones, que por sí solos han formado la enseñanza histórica de nuestra campaña, y que con su verdad sencilla han bastado y bastarán para enardecer el alma del gaucho, de suyo tan esforzada.

(…)

Ya tarde, y después de un triste cantando al compás de la guitarra con más sentimiento del que suelen gastar los buenos tenores, cada uno tendió en el galpón el recado que había de servirle de cama, y se acostaron; menos Juan que se quedó como siempre, gran parte de la noche mirando la ventana de Gervasia.

(…)

Al otro día, como era de esperarse por el tiempo que había hecho, caía el agua a chaparrones. Al través del tupido velo de la lluvia, se veía a los animales, moverse despavoridos con el estallido de los truenos, dando el anca a la tormenta, los terrenos cobijándose debajo de las vacas, y las ovejas escondiendo la cabeza unas debajo el pecho de las otras, aglomeradas en masas compactas, presentando su blanquísimo vellón. Sólo los gansos, medio ahogados pero no satisfechos, se revolvían contentos en la crecida laguna.

(…)

Al otro día muy temprano empezó el trabajo que se continuó hasta el oscurecer en medio de gritos, silbidos de lazos y carcajadas. De rato en rato un animal caía volcado por un hábil pial; y estirado en el suelo sin poder moverse soportaba entre convulsiones la marca enrojecida en una gran hoguera, que al quemarle el anca producía leves copos de humo con el característico olor a cuero quemado. Después de verse suelto, se paraba y corría corcobiando con la boca llena de espuma y bramando lastimosamente, mientras don Yuca sentado al lado de la puerta de la manguera, en una tira de cuero crudo llamada “tarja”, hacía un diente más para indicar que otro ternero había sido marcado.

En todo ese tiempo, Juan, incansable, manejaba con destreza y soltura el lazo, y no pocos piales en el aire le valieron aclamaciones de entusiasmo; elogios que él casi no atendía, para acariciar otro mucho mayor: las sonrisas de satisfacción que desde la casa le enviaba Gervasia.

De noche se dió fin con la acostumbrada comilona que tuvo lugar en el comedor, entre todos los peones y la familia de don Yuca.

(…)

De repente rechinó una puerta que estaba a la derecha de la casa, sombreada por una espesa enredadera en forma de parral que apenas atravesaba la luz de la luna, y en su oscuro hueco apareció Gervasia, respirando con fuerza, y mirando tristemente las estrellas.

Ante aquello Juan no pudo contenerse; se paró casi de un salto y corrió hasta Gervasia sorprendida.

- Por favor, escucheme usted… le dijo tomándole una mano.

Y no dijo nada más, porque no supo qué decir; porque la pobre terminología aprendida en su vida de peón era importante para expresar el cúmulo de ideas que hervían dentro de su cabeza.

Pero no fué preciso que hablara para entender Gervasia la última página de aquel poema que se venía elaborando hacía tanto tiempo. Le bastaba con lo que le decían los temblores de sus robustas manos apretando las suyas, al través de los cuales se le veía el alma entera y su gran pasión que la llenaba toda.

(…)

Cuando un rayo de luna atravesando por un hueco que dejaban las hojas de la enredadera, alumbró el grupo, la hermosa cabeza de Gervasia descansaba en el hombro de Juan mientras que con voz desfallecida le decía ¿nos querremos siempre así, no es verdad?

En aquel momento don Yuca apareció delante de ellos con los ojos saltados, mirando estúpidamente aquella escena sin comprenderla.

No se podía esperar otra cosa. El pobre Juan fué echado enseguida sin que bastaran las lágrimas de Gervasia y las súplicas de todos para ablandar a don Yuca, porque aquél hombre podría perdonar ofensas más o menos graves, pero nunca perdonaría que le deshicieran, en el momento en que iba a clavarle el diente, un pastel que había amasado hacía tanto tiempo, durante los mejores años de su vida, y eso precisamente había hecho Juan, desbaratándole el casamiento que tenía proyectado con su sobrino, y quitándole así la tutela de sus poblados rodeos de excelente ganado, causa de aquella tan antigua combinación.

Juan al ser arrojado del lugar donde tan hondamente se habían arraigado sus afecciones, sintióse conmover todo como árbol que se arranca violentamente de la tierra en la que deja sus raíces y con ellas la vida. No comprendía la existencia sin el calor de las miradas de Gervasia, y al tener que apartarse de su lado para siempre, agrandaba más su desesperación el recuerdo de la felicidad completa que había gozado un momento; que creyó duraría siempre y que no comprendía con qué derecho se la arrebataban, de la misma manera que un niño no comprende como puede arrebatársele el precioso juguete que tuvo entre sus manos.

Y así anduvo mucho rato, meditando con sombría insistencia en estas cosas tristes, mientras resonaban los cascos de su caballo en el pedregoso suelo, hasta que con la inteligencia cansada y casi extraviada por tantos negros pensamientos, cayó en una idea extraña y fija, propia de ciertos estados absurdos del espíritu ocurriéndosele pensar porqué su caballo no pisaba la sombra que se le escurría velozmente de entre las patas.

(…)

Después de atravesar la portera casi volteada por el temporal, y pasar la mina abandonada, llegó a la costa del arroyo, donde el suelo se iba haciendo más y más húmedo, hasta volverse un bañado crecido por el desborde de la zanja que lo atravesaba.

(…)

Aquello tenía un aspecto imponente. Pero Juan no vaciló, y sin tomar ninguna de las precauciones que aquel peligroso paso exigía, espoleó su caballo que había empezado a tomar agua.

(…)

De repente, el caballo haciendo un violento esfuerzo salió del remolino, pero Juan aturdido, demasiado pesado, con sus botas y ropas llenas de agua y sorprendido por la inesperada sacudida, no pudo seguirlo y quedó allí, hundiéndose en seguida.

(…)

Al año siguiente y con una tarde magnífica de primavera, empezaron a juntarse en la estancia de don Yuca, los gauchos que debían tomar parte en las hierras del otro día. De noche como el año anterior, rodearon el asador en la extensa cocina, y otra vez como entonces, acabada la cena, y comenzado el mate, el Tío Chico tomó la palabra con el tono que le era habitual.

Pero no habló como otras veces de combates en los chircales, ni de sorpresas de campamentos, sino que contó los amores desgraciados del gauchito Juan con la patronita Gervasia. Contó cómo al ser echado de la casa se dirigió al rancho de su madre que estaba del otro lado del arroyo, en el que lo encontraron ahogado a los pocos días, enredado en las ramas de una guayabo. Además Habló de la muerte de la viejita madre de Juan a causa del desgraciado suceso, y de la resolución de Gervasia que no había vuelto a salir de su cuarto llorando en silencio el trágico fin de sus amores; y sus palabras impresionaron profundamente a aquellos sensibles paisanos.

Sin embargo, como otras veces, se cantaron “tristes” y se jugó al truco, pero no pocos al acostarse en los recados, dedicaron a su manera, una plegaria al alma del difunto.

(…)

Mientras tanto don Yuca, impasible, sentado al lado de la manguera, y con su eterno pucho detrás de la oreja, no pensaba más que en seguir señalando en su tarja los animales que se marcaban.

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