Terminaba un día de enero ferozmente cálido, durante el cual la paja algo nueva que cubría la casa en que vivo, se había retorcido al exhalar el último suspiro bajo aquel ardiente sol que le devoró su más escondido resto de savia, el último aliento de su acabada vida. Las sombras se iban levantando poco a poco de los bajos para llenar el horizonte todo. Una mancha rojiza, inmensa e irregularmente recortada aparecía en el oeste, asomando por encima de las negras y azuladas cuchillas como las llamaradas de un incendio lejano; y el vientecillo que venía de aquella dirección parecía empapado de su calor, pues calentaba las carnes como el vaho de un horno en función.
Me preparaba a pasar las horas que siguen al crepúsculo, sintiendo que la tristeza que seinfiltra siempre en el ser en tales momentos, iba a ser más profunda, más abrumadora, como si en esa noche la voz de la soledad de los campos, sonara con más fuerza que nunca dentro de mí, cuando noté un movimiento inusitado en los peones del establecimiento. Pregunté y supe que se aprontaban para ir a un baile a casa de la vieja Pancha.
Vamos, aquello era salvador. Nada mejor que aquel baile para sacarme del aburrimiento en que me sumía; y así sin titubear, mandé ensillar mi caballo, resuelto a dedicarle la noche a un espectáculo que tenía ya bastante olvidado. La noche era oscura y el cielo, aunque sin nueves, estaba gris cubierto por una tenue neblina, al través del cual se veían las estrellas oscurecidas sí, pero hermoseadas como se ven hermoseados los ojos de las mujeres, al través de esos tenues velos que a veces les cubren el rostro. Trotamos por un camino muy pedregoso unas tres leguas, hasta que descubrimos en un pequeño valle, cerca de un arroyito, una luz que salía por la puerta de un rancho y por muchos agujeros desparramados en la pared.
Era el rancho de la vieja Pancha en donde iba a darse el baile.
Cuando llegamos, vi retozar por los alrededores de él, cuatro o cinco muchachos, chiquitos, que parecían otros tantos aperiás jugueteando alrededor de la cueva. Nos apeamos, y al grito de adelante, entramos, después de encorvar bastante el espinazo para pasar por la baja puerta, en una pieza bastante ancha, de terrones sin revocar y cubierta de paja ennegrecida por el tiempo.
No tenía mas aberturas – no contando los agujeros, se entiende – que la puerta que daba al patio y otra que comunicaba con un cuartito que se veía negrear como si encerrara tinieblas condensadas. Un humeante candil mal parado sobre una mesita cubierta con un hule desgarrado, alumbraba la sala y a su luz vacilante la negrura de las irregulares paredes impresionaba pavorosamente el ánimo. Al lado de la mesa se veía un barrilito de agua con un jarro encima; en un rincón colgaba del techo una bota vieja; junto a un gancho de madera un sombrero de paja lleno de cintas coloradas, colgaba de la pared en el frente opuesto; y en otro rincón sobre una tablita que hacía de rinconera, estaban revueltas muchas baratijas, entre las que descollaban dos velas de sebo envueltas en papel de estraza. Los asientos los formaban un banco, dos sillas desvencijadas y dos cajones. Adentro el calor sofocaba. Salí, tendime en el recado cerca de la puerta del rancho y desde allí resolví asistir a la extraña fiesta.
Sentado en el rincón más próximo a la puerta estaba el músico; pero no era el músico criollo templando su armoniosa guitarra, pues la degeneración del gaucho en nuestra frontera al ponerse en contacto con otras razas, y por consiguiente con otras costumbres, lo ha hecho olvidar casi por completo su querido instrumento, que parecía creado expresamente para él, y era el único que sabia reflejar las vibraciones de sus sonoras cuerdas, la dulce melancolía de su carácter viril. El que estaba allí, tocaba sólo el acordeón, que es lo más detestablemente prosaico y barullento que se conoce, y en aquel momento se esforzaba por arreglar uno que parecía hallarse en muy mal estado.
En esto aumentaron la luz pegando una vela encendida contra la pared y salieron como de una cueva seis u ocho mujeres, entre chinas y morenas, y como ya los bailarines, que se habían anticipado bastante, esperaban con impaciencia, las “barajaron” antes que tuvieran tiempo de sentarse y empezaron a pasearlas por la sala.
Entonces el pequeño acordeón, que respiraba por las muchas heridas de su viejo fuelle, moduló una polka con sonidos débiles y destemplados, sólo comparables a los lloriqueos de un niño soñoliento y enfermizo a quien las molestias de su mal no dejaran dormir.
Ayudaba sus débiles notas el músico entonando una canción con voz no menos llorona que la del mismo acordeón, y acompañaba el compás con fuertes y continuos zapateos.
Al compás de esta desacompasada batahola, las parejas bailaron sin descanso, jadeando un rato. Las mujeres vestidas con trajecitos de colores chillones y calzando, algunas alpargatas viejas, y los hombres, más variados, unos con botas, otros con pañuelos de distintos colores, atados al cuello de muchas maneras.
Y por mucho tiempo siguieron la interminable pieza, callados, con los rostros sudorosos, apretándose sin lástima, respirando aquel aire caldeado por sus ardientes alientos, enturbiado más y más por el polvo que se levantaba, y en el cual al poco rato, la vela y el candil, brillaban en medio de una aureola como los faroles de la calle en una noche de cerrazón.
Acabada la polka corrió de mano en mano una copa sin pie llena de caña, destinada a dar aliento a los bailarines y en seguida, como si no quisieran perder un minuto, empezaron un schotis entre alegres insinuaciones.
Y aquí vuelta el acordeón a sus chillidos, el músico a su monótono canto y las parejas a sus vueltas continuas. Ahora bailaban también los chicos de ocho a diez años, y con la apertura, en medio de la semioscuridad, parecían perdidos entre las pernas de los grandes.
Había un detalle más: se colocaban en rueda para ir cambiándose las parejas entre sí, y éstas, a cada dos vueltas de la pieza, y al grito de “nos juntamos” se abrían; hombres y mujeres daban una voltereta silenciosos y mamarrrachientos como extraños títeres, para en seguida ir a caer las unas entre los brazos tibios y sudorosos de los otros.
Y así siguió el schotis también largo, interminable, y acompañado por el monótono canto, que no cedía un momento; y siguió repitiéndose a intervalos regulares, al soltarse las parejas, el mismo grito de “nos juntamos”, tan vigoroso como antes, pero más opaco, enronquecido como si el fino polvo que nadaba en el aire, quisiera poco a poco tapiar la laringe que lo producía.
Cuando se acabó el schotis todos sentaron sus parejas y salieron a respirar afuera, largando de paso algunas pullas al músico por las dimensiones de sus piezas. Sólo uno se quedó paseando a su compañera en la sala, mientras se enjuagaba el sudoroso rostro con un pañuelo colorado de algodón.
No contando el tipo de galanteador cargoso, que nunca falta en tales bailes, representado aquella noche por un indiecito joven que hablaba hasta por los codos, mientras se pellizcaba el labio superior en las ansias de acariciarse un bigote que tardaba en aparecer; aquella pareja que arrullaba era la única que había llamado la atención desde el principio. El, un mocetón grande y macizo como una estatua de bronce, caminaba despacio, haciendo resonar el piso con el golpear de sus grandes pies calzados con botas gruesas. De su brazo robustísimo parecía colgar la compañera, menuda, flexible, con cara ovalada de ojos grandes y muy abiertos, que centellaban no tanto por el fulgor de sus pupilas, sino por la blancura mate de sus córneas, que resaltaban como dos hermosos tonos de albayalde, perdidos en la bruñida negrura de sus lindas facciones. El esmalte de sus dientes muy blancos también, asomaba a los labios finos y oscuros de su boca pequeña, que bien delineada se extendía al abrigo de su nariz de alas abiertas, y además, con su seno bien levantado, y sus motas finas, lisas y onduladas, recogiéndose con cuidado sobre la nuca en el supremo esfuerzo de formar un moño, era a pesar de su color, la mejor estampa de la reunión, y la única que a haber trono, tuviera el derecho de ocuparlo como reina de la fiesta.
Al mirarlos, sentía cierto contento, viendo todo lo que se reflejaba en la enamorada pareja. Lucas, que así se llamaba él, no la soltaba un momento, y como si quisiera tenerla más segura mientras bailaba, al par que la estrechaba amorosamente con su brazo, inclinaba hacia ella su corpacho, y seguía así los compases del acordeón, con la barba casi hundida en las motas de Goya, y cuando durante el schotis tenía que soltarla, para los dichosos cambios de par que él maldecia, lo veía bailar nervioso, con la lustrosa cara contraída, revolviendo sus chispeantes ojos para seguirla por todas partes, hasta que daba la vuelta, la volvía a tomar con ansia entre sus brazos y la estrechaba contra si con fuerza como si quisiera quebrarle el espinazo.
Se hablaban mucho, pero no era posible oir lo que se decían con aquel ruido. Sólo en un momento en que el acordeón calló, y en el que yo estaba cerca de la puerta, pude entender que decía Lucas muy amostazado:
-y sé por qué la vieja te mezquina tanto; si… ya sé que te tiene reservada pa el gallego ese – y mirando para afuera, agregó: – si afilate no más, pa comerte las uñas, que lo que es a Goya ni aunque te mames y…
El resto se perdió en el ruido.
Recién entonces me fijé en la vieja Pancha y en otra vieja, su vecina, acurrucadas a un lado y otro de la puerta, desde donde miraban tomando mate y conversando. Cerca de ellas, sentado en un banquito y con la mejilla apoyada en su mano estaba un hombre mirando con cara de aburrimiento. Era el que Lucas apuntaba llamándole ese “gallego”.
En ese instante miró el cielo como si le preguntara la hora que sería, y en seguida dijo con un poco de impaciencia:
– Tía Pancha, ¿no le parece un poco tarde y que es hora de que cese?
– No sea así, Ramos! – contesto la vieja. Entonces porque Ud. No baila? Deje, hombre, que los muchachos brinquen!… y dando vuelta la cara miró para la sala otra vez, y chupó la bombilla de su gran mate, que con un fuerte “gru-gru” anunció que ya estaba vacío.
Volví a acostarme sobre el recado. Ya era tarde y la luna, como una gran tajada de una media esfera enrojecida, escalaba con brío el cielo, coquetamente arrebujada en un girón de niebla y apagando a su paso a las estrellas. Ya sus rayos bastante debilitados por el estado de la atmósfera, bañaban el rancho y penetrando por la puerta y las muchas rendijas de las paredes, disputaban al candil y a la vela el derecho de alumbrar la sala. Poco a poco mis ojos se cerraron, cansados de mirar aquel cuadro monótono, desfilando invariable por delante de ellos y los lloriqueos del acordeón después de haberme aturdido, parecieron transformarse en un blando “arroró” que me adormeció.

