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Antonio M. Grompone. La acción política

fullsizerender“La concepción teórica del partido se completaba con un programa de acción concreta que contemplaba aspectos fundamentales de psicología nacional.

Uno de los males de la política de nuestro país, y por extensión podríamos asegurar de toda América Latina, fue el predominio del hombre sobre el grupo. El hombre que podía colocarse en situación destacada por cualidades excepcionales, dominaba toda la organización política influyendo aún en la estructura social.

En el surgimiento de las nacionalidades, los jefes militares, los hombres de acción conservaron toda la dirección de la vida institucional aún cuando estuvieran apartados accidentalmente del mando aparente o jurídico y hacían depender toda la acción del estado, de sus actitudes, decisiones e intereses.

El hombre que ocupaba el poder ejecutivo, aún sin esas condiciones de excepción, hacía gravitar hacia su persona toda la vida política del Estado. Surgían así dos elementos de perturbación: el primero, que la voluntad del mandatario era la ley política que debían acatar los ciudadanos, y el otro la importancia de la sucesión presidencial por esa misma trascendencia de la acción del mandatario.

La psicología del pueblo y la concepción social tenía necesariamente que amoldarse a ese modo de ser. Por eso el país se dividía políticamente en dos tendencias: una, la del gobierno con sus partidarios dependiendo en cuanto a orientación de la orientación personal del Presidente de la República; otra, la de la oposición que estaba imposibilitada también de crearse una orientación orgánica. En realidad, estaba formada por un grupo de hombres que coincidían únicamente en que querían sinceridad en el gobierno, honradez, democracia, libertad y que se podían agrupar en tendencias diametralmente opuestas en materia de gobierno, cuando no tenían sólo una actitud personal de oposición.

Históricamente la actitud de Batlle se orienta en un principio a oponerse a la concepción de un partido dirigido por los gobernantes y siguiendo las inspiraciones de éstos. El partido no podría organizarse “bajo la tutela inconveniente y desdorosa de una Comisión Directiva del partido, que empezó por no poder legitimar sus poderes” El partido debe organizarse con la base de los culbs seccionales que deben gozar de completa autonomía para que el pueblo pueda actuar directamente, con precindencia de toda injerencia del Poder Ejecutivo.

Una doble concepción del partido surge inevitablemente. La primera porque con los clubs seccionales, con la designación de delegados, se invita al pueblo a participar directamente en los problemas de sufragio, se constituyen verdaderas escuelas ciudadanas, al mismo tiempo que el partido se reorganiza recogiendo “todas las ideas, pasiones, intereses y preocupaciones populares”.

La realidad democrática se afirma porque la voluntad nacional en los comicios surge de la orientación que el pueblo da a los partidos. Está ahí latente una idea que tiene actualidad permanente y es la de que los partidos deben tener vitalidad propia independiente del apoyo de personas determinadas o de la conservación del poder.

Uno de los males de América Latina consistió generalmente en que el partido fue simplemente un núcleo oficial apartado de la opinión pública y de los intereses nacionales, creado al sólo efecto de decorar la acción de los candidatos o gobernantes, para darles la apariencia de que responden a corrientes de opinión; pero tan pronto como cambian los gobernantes el partido se apresta a cambiar de orientación. Esos núcleos se especializan en el ditirambo cuando se refieren al grupo del gobernante, y en la negación y el ataque sistemáticos cuando hablan de los hombres desalojados del poder o de las figuras de relieve de la oposición. Como figuras aisladas, aparecen los hombres con relieves propios, que pueden o no llegar a ser dirigentes y que tienen una ideología personal que generalmente no crea núcleos de opinión.

La segunda concepción surgía del papel del partido como elemento de gobierno. Tenía la función de dirigir la acción de los gobernantes y no de ser dirigidos por éstos. El triunfo en los comicios no correspondía a un determinado hombre que había contado con el apoyo del partido, sino del partido mismo que debía llevar sus hombres al gobierno. “El país debe reivindicar para sí, antes que todo, el derecho de elegir sus mandatarios” y por eso “cada partido debe gobernar con sus hombres, si ha de realizar sus ideales”. Esta idea de gobierno y de partido ha pasado a ser una idea generalmente aceptada, pero que provocó durante más de veinte años apasionadas polémicas.

Teóricamente se oponían dos ideologías: las que sostenía que los gobernantes, al ocupar sus cargos, debían hacer abstracción de su calidad de partidarios, y la de Batlle que entendía que el gobernante era un hombre de partido que iba a hacer práctico el programa presentado y que debía gobernar con los hombres de su misma ideología.

La argumentación teórica oponía a estas afirmaciones la de que el gobernante era un funcionario para el país y que debía tener como única preocupación el bien común y no los intereses de las fracciones políticas: una vez más la argumentación teórica ocultaba la realidad. Ese criterio sólo podía aceptarse e imponerlo en la vieja concepción de los partido sin ideas, sin programa de principios, sin estructura social.

La transformación de los partidos políticos se había llevado de la lucha tradicional por divisas o por antagonismos personales históricos, a luchas políticas por distinta concepción de gobierno; y la noción clásica de gobierno cuya única era la de garantir la libertad política, fue sustituida por la de un gobierno que tenía además una misión económica y social que cumplir: por tanto el partido político se organizaba en consideración de programas que tenían más contenido que el simple contenido político. A pesar de ello quedaba siempre la base del funcionamiento regular de las instituciones en la libertad y legalidad del sufragio. “Sobre él reposan todos los derechos, sociales y políticos: él los precisa y los consagra y en él encuentra su garantía más eficaz”. (“El Día”, 1893).

El partido político no puede, sin embargo, contentarse con esa simple aspiración y a medida que se va afirmando la posibilidad del sufragio libre y puro surgen los otros problemas de organización nacional que tendrán que formar parte del programa del partido. Problemas políticos de sufragio y de acción política, de organización del gobierno, problemas culturales, la concepción del hombre, y los inevitables problemas económicos que proyectan toda su influencia en las relaciones sociales van a constituir en el porvenir el núcleo esencial de las aspiraciones partidarias y serán impuestas a los elegidos por la Convención del partido.

La orientación del gobierno debe iniciarse en la acción partidaria y la afirmación de que debe gobernarse con el partido adquiere la característica de una necesidad porque impone un programa de acción y porque la adhesión significa la adhesión a una ideología, a una concepción de gobierno. Por muchos medios se puede trabajar por el bien común, pero la dirección partidaria da un criterio para apreciar el interés colectivo, orienta la acción de los gobernantes para llegar a realizaciones que contemplen ese interés colectivo: el interés partidario no es, pues, una cuestión de conveniencias o de vinculaciones personales, es, esencialmente, una vinculación por razones ideológicas.

Aquí esta la discrepancia fundamental con ciertos elementos que pretenden aparecer como continuadores, reorganizadores y hasta superadores de Batlle. Si hay elemento personal, si aparece otra vez el gobernante absorbiendo al partido por la razón única de que es el gobernante, si la adhesión es sólo personal, sin un programa definido, estamos en presencia de una concepción reaccionaria de política partidaria y que haría regresar al mismo punto del que tuvo que partir Batlle.

El partido vincula el pueblo al gobierno y lo hace elemento de gobierno al democratizar la organización. La base es siempre el club seccional primitivo, posteriormente club de zona, con las comisiones departamentales, Comisión Nacional y Convención como elementos de dirección general. Como medio de hacer de aquél un elemento de gobierno se crean las agrupaciones de gobierno, que se constituyen por los altos funcionarios del país que pertenecían al partido y que conjuntamente con las autoridades partidarias acuerda “la conducta que debe seguirse, ya en la iniciativa y sostén de los proyectos de leyes, ya en los actos administrativos, para realizar el programa del partido”. (Carta Orgánica del Partido Colorado, Art. 61)

El pensamiento de Batlle en lo que se refiere a organización de los ciudadanos se había concretado en dos etapas decisivas. En la primera, se concibe como organización democrática simplemente, con una tendencia de vinculación al pueblo para eliminar la acción directiva de los gobernantes porque esto da origen al mismo tiempo, a las agrupaciones con programas.

En la segunda etapa, el partido ya organizado obliga a los funcionarios que han sido elegidos por el esfuerzo popular, a mantenerse en contacto con él, para ser fieles a los principios que se aceptaron antes de la elección, para hacer armónica su actuación y eficaz la gestión, para realizar el programa ya determinado.

El compromiso que contraían los candidatos al ser elegidos por el partido se hacía efectivo, con esa colaboración continuada de los organismos partidarios: esto debía encontrar resistencia, inevitablemente, en todos aquellos que estaban muy prontos para hacer promesas halagadoras al pueblo en vísperas electorales, pero que se sentían irresponsables después de efectuadas, tratando de eludir las consecuencias de sus compromisos.

La realidad de esas ideas se verifica por distintos medios concretándose en las respectivas cartas orgánicas del “Partido Colorado”. La forma de organización puede variar: la idea directriz es la que hemos indicado como síntesis que se va efectuando desde el momento en que empieza Batlle su campaña de organización política, continúa en el momento en que el Partido Colorado es partido de gobierno y adquiere aspecto definitivo en la última Carta orgánica y Programa de acción del Partido Colorado de febrero de 1928. Podría sintetizarse el pensamiento orientador de Batlle en “el respeto a las leyes y respeto a los compromisos contraídos” (Reportaje de 23 de enero de 1903).”

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